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Nota de Prensa. A. T.

Mañana domingo comienza a las 10 horas en Mairena y espera congregar a más de 15.000 personas

El Festival de Música Tradicional de la Alpujarra es la manifestación más importante del folclore alpujarreño. Se celebra con carácter anual desde 1982, el segundo domingo de agosto, en alguna localidad de las Alpujarras granadina o almeriense, que varía para cada ocasión.

El Festival se complementa con una feria de productos artesanales y de oferta gastronómica y turística, y con unas jornadas de trabajo con músicos y folcloristas. Actualmente se ha convertido en un evento de amplia capacidad de convocatoria, teniendo su punto de máxima asistencia en los 30.000 espectadores del Festival celebrado en Vícar en el año 2000. Esta edición contará con más de 20 grupos musicales, y a él se acercarán más de 15.000 personas, que encontrarán una carpa de 4.500 metros cuadrados donde disfrutar de instrumentos de cuerda y trovos.

Esta vigésimo octava edición se celebra en la pedanía de Mairena, situada en el municipio de Nevada, en la frontera con la provincia de Almería. Según indicaron los representantes de la organización del evento, la Asociación Cultural ‘Abuxarra’ y el Ayuntamiento de Nevada, «el festival es el resultado del trabajo de todo un año» tanto para los grupos de música participantes, como para la construcción de infraestructuras en el municipio.

Dedicatoria

Todos los años, la Comisión organizadora del festival organiza un homenaje a una persona que haya contribuido a difundir la identidad alpujarreña, reconocimiento que este año irá destinado al arquitecto y urbanista Juan Carlos García de los Reyes, por sus estudios de la arquitectura y el urbanismo de La Alpujarra y su gran dedicación profesional hacia ella. El arquitecto granadino, que este año celebra su 25º aniversario profesional  como director del estudio GR arquitectos y que recibió el pasado mes de febrero su segunda Bandera de Andalucía por el planeamiento del Barranco del Poqueira, recibió una carta en la que la Comisión destacaba su labor “en defensa de la arquitectura y del urbanismo de esta comarca, a través de proyectos, planes urbanísticos, publicaciones o conferencias…”. Esta dedicación ha calado en esta tierra que, por primera vez, dedica a un arquitecto su acto cultural más importante.

En palabras del propio García de los Reyes, “durante casi toda mi vida profesional he estado vinculado a esta tierra con la que he aprendido casi todo lo que sé y de la que he recibido, sin duda alguna, mucho más de lo que yo le he podido entregar”. Durante muchos años ha bromeado diciendo que era un ´misionero del urbanismo´, mientras luchaba en colaboración con muchos alcaldes y concejales, con numerosas asociaciones y colectivos, con artesanos y alarifes, en suma, con mucha gente comprometida con La Alpujarra, para blindar al mundo rural frente a “… ese desarrollismo urbanístico que en tantos lugares ha terminado por enterrar muchos de sus valores urbanos, ahogados por la huella indeleble de la especulación en el diseño de la ciudad”.

Este festival ha estado dedicado entre otros a Gerald Brenan, autor de Al Sur de Granada; al hispanista francés, Jean-Christian Spahni; al antropólogo Pío Navarro Alcalá-Zamora; al geógrafo Joaquín Bosque Laurel; al historiador Padre Tapia; al dibujante Martínmorales; al geógrafo Padre Ferrer; al antropólogo, José Antonio González Alcantud, etc. Una de las ediciones fue presentada en Madrid por el entonces Ministro de Interior, José Barrionuevo.

Por su parte, el Ayuntamiento de Nevada homenajeará a Rosendo Martín, por dedicar su vida a la música que el festival pretende hacer perdurar de generación en generación. Además cabe resaltar que el cartel del Festival ha sido realizado en esta ocasión por un artista local, Pablo Ferrer Gutiérrez.

Publicado en Noticias y Actualidad
Miércoles, 05 Agosto 2009 09:51

El espacio vivido, el espacio sentido

Por Charo Pérez Oramas. Arquitecta

Cuando un arquitecto acomete un proyecto, ineludiblemente debe de pasar por el espacio, ya sea porque se entiende como soporte físico de la actuación donde técnicamente hay que desarrollar unos estudios geotécnicos para cimentar, o porque la topografía obliga a un diseño concreto de la edificación futura, o simplemente porque ese espacio será vivido y utilizado por personas, poniéndose de manifiesto  un claro carácter social.

Con esto se quiere dejar de manifiesto que el espacio es algo que viene dado, que se impone de manera casi innata en la concepción de un nuevo proyecto, sin que el arquitecto se atreva concebirlo como algo que pueda trasformar.  Esta situación puede venir motivada porque se carece de herramientas o incluso de formación para desarrollar trabajos de esta índole, o más grave aún, porque no existe interés para su diseño y concepción, o al menos no  tanto como conlleva un proyecto arquitectónico.

Esta última idea ha motivado que el espacio público se vaya convirtiendo poco a poco en algo residual tanto desde su diseño como desde su localización en las ciudades. Acometiendo esta idea desde distintas escalas, ya desde el planeamiento urbano de nuestras ciudades definimos como espacios libres aquellos que no resultan del todo aptos para albergar edificación, aquellos que se ubican en bordes de carreteras, aquellos con formas imposibles y que normalmente aparecen como “residuo” después de encajar todo aquello que hace funcionar la ciudad. Son pocas las veces en que un urbanista concibe la ciudad desde el espacio libre público, pudiendo ser este tema objeto de otro debate.  Lo mismo ocurre si bajamos de escala y nos referimos a la ordenación de un sector de la ciudad, donde tras implantar la edificación y dedicarle todo el esfuerzo, el diseño del espacio libre queda mermado, tanto porque se ubica en las zonas restantes como porque su diseño se acomete desde el punto de vista de complemento de la edificación, no desde sí mismo.

Parc Central de Poblenou, Barcelona.
Parc Central de Poblenou, Barcelona.

El espacio público no puede ser tratado como residuo, es más,  el arquitecto debe ser valiente y hacerse con él para que su trabajo pase también por, además de crear edificios, por crear espacios. Esto obligaría a concebir las ciudades desde otro punto de vista donde el espacio público además de servir de soporte físico se convierta en espacio arquitectónico  con un diseño propio capaz de generar en el ciudadano  sensaciones que hasta el momento sólo habían quedado reservadas para las grandes obras de edificación.

Regent´s Park, Londres.
Regent´s Park, Londres.
Publicado en La Ciudad Comprometida
Por Lucía Valero Martín. Arquitecta

Basta con que nos paremos a observar una imagen de estos pueblos desde la distancia para darnos cuenta de la delicadeza con la que se implantan en el territorio, definiendo y dando personalidad al paisaje natural que los rodea.

Su arquitectura tradicional ha utilizado los materiales del entorno con que podía contar y energías renovables, las únicas inagotables y que no producen residuos. El diseño de las edificaciones se ha desarrollado en función de su máximo aprovechamiento, de las características físicas de su emplazamiento, del tipo de paisaje y por supuesto, del clima, tan determinante en la vida y costumbres de la zona. La suma de todos estos aspectos determina la calidad de vida de los que los habitan al definir el soporte físico de la mayor parte de las actividades.

El diseño de estos pueblos escalonados es, por tanto, el resultado de la agregación de edificaciones que se adaptan a la topografía y a su entorno natural. Al contrario, si  dirigimos la mirada hacia algunas zonas de nuestro litoral, donde la geografía ha sido manipulada, en el sentido más peyorativo del término, podemos observar la explotación sin contemplaciones de los recursos turísticos que ha tenido lugar. En estos casos se ha priorizando un crecimiento desmesurado, que da como resultado “parques temáticos”, carentes de significado, cuyo fin es saciar las expectativas de los visitantes y sin ánimo alguno de conservar los elementos de interés que son legado de nuestros antepasados, dando la espalda de manera rotunda a su propia identidad, y generando de esta forma una bonanza económica artificial, no sostenible en el tiempo ni en el espacio, y con fecha de caducidad.

Barrera visual de medianeras./ Archivo GR
Barrera visual de medianeras./ Archivo GR

En contraposición a actuaciones de este tipo, no me cabe más que felicitar a nuestros pueblos de la alpujarra por la sensibilidad que demuestran, sobretodo en los últimos años, y animarles en la labor que han emprendido para la salvaguarda de su propia identidad con actuaciones encaminadas a la promoción de  propuestas y directrices para la rehabilitación y la conservación de su patrimonio tangible e intangible y la reactivación funcional de los núcleos de población sin renunciar, en ningún caso, a un desarrollo equilibrado y sostenible.

Todos coincidimos en que las buenas prácticas en la Alpujarra, dan como resultado pueblos apetecibles, con un trazado humano y numerosos espacios de relación de escala controlada que hacen sentirse cómodo tanto al visitante como al autóctono.

Publicado en La Ciudad Comprometida
Jueves, 30 Julio 2009 08:46

Una imagen paisajística

Por Almudena García Mezcua. Arquitecta

El crecimiento de los núcleos urbanos de la Alpujarra supuso una evolución de las zonas de cultivo asociadas a ellos. Así los bancales se fueron rodeando de edificaciones hasta convertirse en huertos urbanos. De ahí la clara presencia de estos espacios tan interesantes desde el punto de vista paisajístico, ya que forman parte de  la imagen de un pueblo blanco con viviendas de pequeña altura, con sus “terraos” de launa y sus chimeneas, en la que sólo sobresale la iglesia, y entre medio de todo eso aparecen los árboles de los huertos, proporcionando una nota de color y viveza.

Esta imagen tan valorada, desde no hace mucho tiempo, es la que se pretende preservar. Se han protegido tanto los bienes de carácter minero-industrial, caminos y escarihuelas, yacimientos arqueológicos, acequias, núcleos de población y zonas de cultivo asociadas, bienes mixtos y torres eclesiásticas.

Unas de las determinaciones más importantes para proteger las zonas de cultivo son la prohibición de introducir  invernaderos, de esta forma se intenta fomentar la forma de cultivo tradicional; la impulsión de medidas económicas para apoyar el mantenimiento de sus elementos constructivos, como pueden ser los balates, paratas y muros. Las nuevas actuaciones deben preservar las vistas paisajísticas cualificadotas del núcleo urbano.

Estas actuaciones de protección no sólo se dan en la Alpujarra; en el Albaicín ocurre una situación similar. Se protegen las edificaciones, los jardines, las calles, las iglesias,… Todo ello preserva la imagen de un conjunto que esta valorado como se merece. Pero hay que preguntarse si estas medidas deberían extenderse a otros territorios para preservar sus valías.

Bonita vista de Juviles./ Archivo GR
Juviles, el valor de un conjunto paisajístico./ Archivo GR
Miércoles, 29 Julio 2009 09:31

Huertos urbanos

El lento proceso de crecimiento, evolución y transformación de los núcleos tradicionales a partir de los pequeños asentamientos rurales primigenios ha supuesto la ocupación progresiva de los espacios cultivables existentes entre los cortijos y eras.

A pesar de este proceso, existen en algunas poblaciones huertos que se mezclan en la trama urbana con las edificaciones residenciales, manteniéndose la actividad productiva en muchos casos.

Huerto urbano en Mairena (Granada)./ Javier Callejas
Huerto urbano en Mairena (Granada)./ Javier Callejas (Archivo GR)

En otros casos se han reconvertido como espacios libres de desahogo, extensión del espacio residencial privado, con unas cualidades ambientales y espaciales reseñables.

Estos espacios suponen un esponjamiento de la trama y son elementos de gran interés etnológico, destacando los muros que definen los abancalamientos como elementos cualificadores del espacio público.

Huerto urbano en Nechite (Granada)./ Javier Callejas (Archivo GR)
Huerto urbano en Nechite (Granada)./ Javier Callejas (Archivo GR)
Otro ejemplo de huerto urbano./ Javier Callejas (Archivo GR)
Otro ejemplo de huerto urbano./ Javier Callejas (Archivo GR)
Publicado en La Ciudad Comprometida
Por Mathieu Lèbre. Arquitecto paisajista

Hoy en día no hay duda de que Las Alpujarras son un ejemplo e incluso un manifiesto de la justa integración del hombre en el territorio, con respeto y humildad. La búsqueda de las soluciones más sencillas, adaptándose al medio y sacando provecho de los hechos naturales, ha conferido a este paisaje una singular belleza reconocida por diferentes figuras de protección tanto a nivel ambiental como cultural.

Pero lo más interesante del paisaje de Las Alpujarras es que nos abre los ojos sobre otras maneras de interactuar con el territorio de forma general. Las ciudades actuales han olvidado la importancia de tomar en cuenta los valores de lo “existente” a la hora de crecer, de evolucionar o de remodelarse. En estos últimos años se ha apostado por modelos de ciudades donde lo más importante eran preocupaciones a corto plazo: rendimiento económico, especulación inmobiliaria… La llegada de la crisis actual en gran parte debida a la burbuja inmobiliaria pone en duda todo el modelo de desarrollo, ya que desvela la insostenibilidad de este sistema tanto a nivel económico, como ambiental y social.
Cada vez se valorizan más los elementos patrimoniales de nuestro entorno, y de hecho, el paisaje se ha empezado a considerar también desde el punto de vista de su conservación como elemento patrimonial. Rompiendo con esta percepción, el Convenio Europeo del Paisaje (Florencia 2000) define el paisaje como “cualquier parte del territorio tal como la percibe la población, cuyo carácter sea el resultado de la acción y la interacción de factores naturales y/o humanos”. Por lo tanto, el paisaje ya no es solo un elemento patrimonial a preservar, sino también un reflejo de las relaciones del ser humano con el territorio. Esto implica que cualquier lugar es un paisaje, y entonces cualquier lugar tiene un carácter propio, así como valores y conflictos de orden paisajísticos que hay que tomar en cuenta en cualquier acción humana emprendida sobre ello.

Un lugar tan emblemático como Las Alpujarras pone en evidencia la importancia de la consideración del paisaje en el desarrollo y la ocupación del suelo por los seres humanos. Precisamente los lugares donde el paisaje se valora por su interés patrimonial son los que deben servir de modelo. Es fundamental sacar, de las lecciones que nos dan estos lugares, las herramientas para extrapolar este modelo de desarrollo a cualquier otro lugar del mundo:

– Donde siempre hay sentimientos, sensaciones, y aspiraciones… elementos de la dimensión social del paisaje.

– Donde siempre hay un suelo con sus condiciones particulares, unas pendientes por las que corre el agua…elementos de la dimensión territorial y ambiental del paisaje.

– Donde siempre hay huellas, restos de la actividad humana pasada… elementos de la dimensión cultural del paisaje.

– Donde siempre hay orientaciones, espacios interrelacionados y conexiones… elementos de la dimensión perceptiva del paisaje.

– Donde siempre hay un proyectista, y personas queriendo mejorar o modificar el lugar… elementos de la dimensión proyectual y urbanística del paisaje.

El paisaje esta en continuo movimiento, en continua evolución… se trata de un proceso en el que el hombre es solo uno de los actores. Por eso todo lo que proyectamos sobre el territorio para acomodarlo a nuestras necesidades debe tomar en cuenta todas esas dimensiones del paisaje. No solamente porque haya que preservar o proteger algunos lugares excepcionales como Las Alpujarras, pero sencillamente porque estamos aquí de paso y que cualquiera de nuestros actos puede tener una repercusión durante años sobre nuestro entorno. Habrá que seguir mirando y leyendo el paisaje para entender como algunas veces se ha conseguido una cierta armonía, y aprender de estas experiencias para mejorar nuestro futuro…

Una cierta mirada hacia el futuro./ Santiago Salas Martin
Una cierta mirada hacia el futuro./ Santiago Salas Martín
Sábado, 25 Julio 2009 08:29

Paisaje y hábitat

El paisaje constituye, sin duda, uno de los elementos más significativos de la Alpujarra – Sierra Nevada. El paisaje de éste ámbito se caracteriza por la intensa humanización y el equilibrio que tradicionalmente ha existido entre el aprovechamiento del medio y la conservación de los recursos ambientales existentes. De esta simbiosis surge un ámbito peculiar, donde tanto valor e interés tienen los núcleos de población como el propio medio natural en el que se inscriben.

Laderas abancaladas con almendros./ Javier Callejas (Archivo GR)
Laderas abancaladas con almendros./ Javier Callejas (Archivo GR)

Se trata de un área montañosa en la que incluso se localizan las mayores cumbres de la península Ibérica, extendiéndose las comarcas alpujarreña y del alto río Nacimiento, respectivamente, por las vertientes meridionales y septentrionales de Sierra Nevada. Un amplio espacio situado entre las provincias de Almería y Granada, relativamente aislado del exterior por la escasez de comunicaciones, pero aún más recóndito internamente debido a la compartimentación a la que obliga la complejidad del relieve.

El hecho montañoso es, sin duda, la condición geográfica más determinante del área, lo que ha conllevado, entre otros múltiples efectos, el arraigo de una cultura tradicional, el refugio de unos modos de vida ancestrales y de unas formas de hábitat (asentamientos) y habitación (construcciones) singulares.

Paisaje enmarcado bajo un tinao en Capileira./ Javier Callejas (Archivo GR)
Paisaje enmarcado bajo un tinao en Capileira./ Javier Callejas (Archivo GR)

Se expresa en ésta una sola realidad paisajística que la hace perfectamente identificable respecto a otros espacios. Pero, a la vez, posee tal diversidad interna que se la puede considerar como un extenso mosaico de muy diferentes formas, tamaños y colores.

Este mosaico se traduce en elementos tan diversos como las altas lomas cubiertas por verdes masas forestales, pastizales y cultivos hasta las vegas que se encajan en los fondos del valle, pasando por los aterrazamientos de ladera construidos por paratas de piedra y salvaguardados con árboles en los linderos y las mollares laderas cubiertas de almendros y vides.

Esta diversidad de paisaje y los matices que surgen por cada rincón suponen una vivencia de sensaciones visuales, auditivas y aromáticas únicas.

Los núcleos tradicionales de la comarca, constituyen una de sus más importantes manifestaciones culturales y representan una perfecta muestra de equilibrio entre el asentamiento humano y la naturaleza. Además, juegan un papel integrador que conforma el territorio y el paisaje, manteniendo sus características y convirtiéndose en las señas de identidad comarcal.

La arquitectura tradicional presenta un indudable carácter unitario siendo quizás el más evidente de los distintivos de la comarca. A ello contribuye la belleza de las construcciones, pues en ellas se combinan magistralmente la asimetría de sus volúmenes con el equilibrio en sus medidas y proporciones.

La casa popular es parte integrante del paisaje en un buen ejemplo de armonía con la naturaleza. Los materiales presentes en el entorno son los elementos básicos para su construcción, adoptando una estructura a base de formas cúbicas. Las edificaciones, caracterizadas por sus techos o terraos cubiertos de launa, se encaraman sobre los barrancos y laderas creando conjuntos urbanos que se despliegan como mantos blancos que contrastan sobre la montaña.

De manera recíproca, el paisaje natural se convierte en protagonista en la escena urbana de los núcleos, manifestándose desde los miradores, paseos-mirador, por encima de las edificaciones o enmarcado por las mismas, cualificando de esta manera los recorridos urbanos y convirtiéndose en un valor añadido al indudable interés ambiental de los pueblos de la comarca.

Laderas erosionadas junto a Cádiar./ Javier Callejas (Archivo GR)
Laderas erosionadas junto a Cádiar./ Javier Callejas (Archivo GR)
Viernes, 24 Julio 2009 08:27

La recuperación de las acequias

Por Sandra Álvarez Muñoz. Geógrafa ambientalista

Como venas para el cuerpo humano, son las acequias para La Alpujarra: transportan la vida a todas sus extremidades. Sin riego, sin venas, sin acequias, no hay vida. Y sin embargo, probablemente, las acequias han sido uno de los elementos patrimoniales más agredidos, menos respetados, cercenando con ello una parte de la vida de la Alpujarra, quitándole el riego a buena parte de su cuerpo.

Durante mucho tiempo, casi todos creyeron que, entubándolas, hacían lo mejor, asegurando que todo el agua, ese bien preciado y escaso, llegaba al final del camino, sin perder una sola gota en el viaje. En esta batalla por dominar el agua, por entubar la acequia, podías encontrar guerreros vestidos de alcaldes, soldados vestidos de comunidad de regantes, persiguiendo sin tregua la optimización de hasta la última gota, como paradigma de la modernización agraria. Pero en el fragor de la batalla, casi nadie tuvo en cuenta que, en realidad, el viaje era parte del fin propio de la acequia; que el paso del agua, rozando la tierra, era el paso de la vida y que, en definitiva, quinientos años de cultura agraria no podían estar tan equivocados…

Echando la vista atrás (quizás no tan atrás), recuerdo como nos decían desde la propia Administración, subvención en mano, que quienes defendíamos el sistema agrícola tradicional éramos unos bárbaros, dilapidando riqueza hídrica regando a manta, y que, desde luego, el futuro de la agricultura en la Alpujarra pasaba por el entubamiento y el riego por goteo. ¡Como si el declive de la agricultura de montaña, realmente, dependiera de esto!, y no de un proceso económico capitalista, que lleva a la crisis al pequeño productor y que condena al espacio agrícola a depender de la subvención. Y así, persiguiendo la modernidad y, por qué no decirlo, la entelequia del desarrollo, las acequias fueron cayendo una detrás de otra, ora aquí, ora allá. A veces fragmentos, a veces acequias completas… Y, sí, el agua llegaba hasta el final del camino, sin merma. Pero el camino fue desolándose, y el paisaje fue perdiendo retazos de vida, ora aquí, ora allá… ¿No recordáis la colina de Lobrazán, verde, arbolada, repleta de castaños que se erguían como guardianes del agua de su acequia, antes de llegar al acueducto de los Arcos?. Ahora el agua pasa entubada, y no precisa de guardianes en su ribera, así que ya no los hay, apenas, y toda la colina es más amarilla, más frágil a la intemperie y a la erosión.

Tal vez hoy, muchos de aquellos guerreros (y guerreras), prefieran no reconocerse en  ese pasado en el que creían estar a la vanguardia del desarrollo rural, mientras interactuaban, de forma despreocupada, sobre un paisaje que no cesa de ser generoso con la vista y con quién lo ama, respeta y cuida.  Hoy la visión de progreso es la contraria, gracias probablemente al tesón de muchos “pelúos”, hoy reconocidos como parte de movimientos ecologistas y conservacionistas, en los que militan incluso representantes municipales, agricultores y técnicos de la administración. Quedan aún, sin embargo, cruzados de la modernidad anticuada, entubando el agua y poniendo etiquetas, más o menos despectivas, a un modo de ver el territorio, que no es más que salvaguardar lo que tenemos, para que lo disfruten tus hijos, los mios…

Hubo de ponerse “de moda” la agricultura ecológica, y fue necesario que la Consejería de Agricultura desplegara una Dirección General y un CAAE, para que en esta comarca, la productividad del pequeño terruño no fuese cosa solo de hippies y extranjeros, obsesionados por permitir vivir a los pájaros y a los insectos. Las Comunidades de Regantes, a veces muy a su pesar, dejaron de pedir al Parque Nacional subvenciones para entubar acequias. Algunos, más clarividentes, incluso dijeron al propio Parque que no se subvencionasen.

Todos estos “alguienes” que actuaban en silencio, gente comprometida, es a la que se le debe, que hoy se planteen actuaciones para la conservación de las acequias, por su multiplicidad de funciones, ambientales, paisajísticas y de productividad en la estructura agraria. Y de que, cuando se mira una acequia, se mire como un bien, un bien patrimonial, un legado que debe permanecer en el futuro. En este sentido, es prioritaria la labor de la Administración, aunando esfuerzos y destinando recursos para su conservación y mantenimiento. Pero si hay algo necesario, por encima de todo ello, es la presencia de la actividad agrícola. La Alpujarra necesita estar cultivada, y cultivada con respeto a la tradición, para que el paisaje que hoy contemplamos, de paratas, de líneas horizontales por las que discurre la acequia, el contraste de color y vegetación, la variedad de ecosistemas e imágenes de la comarca, no desaparezca. 

Si desapareciera, aunque fuera de forma parcial, se perdería el único motor actual real de la actividad económica de la Alpujarra, el turismo, basado en la contemplación del paisaje y el disfrute y la realización de actividades en la naturaleza. Sólo la pervivencia de este paisaje ha permitido que, hoy, la Alpujarra no sea ya un auténtico desierto demográfico. Y el paisaje tiene dos protagonistas, únicos e insustituibles: el agricultor y las acequias. Uno sin otro no son más que testimonios insostenibles en el tiempo. Sin agricultor no hay acequias, sin acequias no hay paisaje, sin paisaje no hay vida en La Alpujarra.

Entubamiento de la acequia de Nieles./ Archivo GR
Entubamiento de la acequia de Nieles./ Archivo GR
Por Miguel Ángel Sánchez del Árbol. Geógrafo 

En la sumaria relación de hechos anteriormente expuesta, cabe enmarcar el caso de la aglomeración metropolitana granadina, aunque sea parcialmente, no sólo en cuanto a su situación socio-económica, sino en cuanto a su raigambre: sin ser ajena a la cultura europeo-occidental, mantiene rasgos netamente mediterráneos. En esa hibridación se presenta, por un lado, la participación democrática en las decisiones sobre el territorio que afectan a la colectividad, a través de diversos procedimientos y/o instrumentos, como los de planificación urbanística y territorial, así como intervención decisiva de los poderes públicos en asuntos relativos a dotación de equipamientos e infraestructuras,  servicios diversos (sanidad, educación,  transporte colectivo), medio ambiente, etc.; por otro lado, su poso cultural orientado al buen vivir de resabios dionisíacos, donde a menudo prevalece el culto a la privacidad junto a la dejación de responsabilidades en la construcción del espacio vivido, que el ciudadano pone en manos de representantes políticos y de técnicos en la materia sin ejercer apenas el derecho de participación, a la vez que se digiere con poco criterio todo tipo de influencia externa o ajena a la cultura vernácula, que se traduce en un innumerable elenco de despropósitos urbanísticos y constructivos, que han desvirtuado profundamente el paisaje urbano y periurbano. A todo ello habría que añadir la frecuente relativa escasez de recursos económicos, cuando no su ineficaz gestión, que afecta a muchos de los agentes territoriales, tanto privados como públicos, lo que supone con frecuencia improvisación en las decisiones, postergación sine die de problemas, excesiva perentoriedad en las soluciones y, en el caso específico de la intervención pública, desajuste entre demandas y ofertas sociales, siendo frecuente el déficit de infraestructuras y equipamientos.

Ejemplo de parcelacion en la Vega de Granada.
Ejemplo de parcelacion en la Vega de Granada.

Pero a todos estos y otros procesos generales, aplicables en mayor o menor medida al caso específico de la aglomeración metropolitana de Granada y, más concretamente, la implantación de gran parte de la misma sobre el espacio de regadío, hay que añadir sus propias, y en gran medida irrepetibles, circunstancias y peculiaridades, que permiten poner de manifiesto que los despropósitos producidos en su proceso de expansión urbana tienen una repercusión excesiva para el verdadero alcance de su crecimiento demográfico y desarrollo económico. Ello es palpable al revelar la severa incidencia de la expansión urbanística sobre un espacio especialmente sensible cultural, medioambiental y paisajísticamente, como es el de la Vega de Granada. Resulta innegable su rico acervo histórico y cultural desde, al menos, la ocupación romana, que alcanza su máximo esplendor en el período nazarí bajo ocupación andalusí, así como otro momento señero a finales del siglo XIX y primer tercio del XX con el significativo proceso de agro–industrialización (red de tranvías, fábricas azucareras, remodelación urbana, etc.), que han dotado este espacio de entramados característicos muy significativos: profusas redes de caminos y de acequias, parcelación diferenciada por períodos y ciclos, presencia de abundantes construcciones vinculadas a la producción agraria (cortijos y alquerías, molinos y secaderos de tabaco, fábricas azucareras), conservación de ribazos y sotos, etc., todo ello orgánicamente distribuido sobre unas fértiles tierras gracias a un multisecular proceso de formación de suelos (entarquinamientos, irrigación, etc.) por parte de numerosas generaciones de agricultores. En definitiva, un paisaje llamativo, rico en matices y, hasta hace pocos lustros, constitutivo de una perfecta síntesis entre el medio y la cultura, entre la naturaleza y la acción humana multisecular.

Patrimonio de la Vega en desuso./ Archivo GR
Patrimonio de la Vega en desuso./ Archivo GR
Jueves, 16 Julio 2009 10:35

Donde la cubierta toma protagonismo

Por Daniel R. Gómez González. Arquitecto
Capileira. Alpujarra granadina./ Dani Gómez
Capileirilla. Alpujarra granadina./ Dani Gómez

En contadas ocasiones una solución  constructiva para la “quinta fachada” de nuestras arquitecturas ha sabido conjugar el valor estético y el funcional como hacen los terraos. Su lenguaje sencillo junto con la complejidad de las tramas urbanas que encontramos en los núcleos de la Alpujarra define un paisaje único de cualidades excepcionales.

Valores como el contraste cromático que introduce con la cal de las fachadas, chimeneas y el verde de la naturaleza del entorno; como el juego de formas, volúmenes con tinaos y chimeneas configuran la esencia del paisaje alpujarreño.

Son estas soluciones, elementos, gestos sencillos de clara lógica inherente a su ubicación e interrelación con la naturaleza circundante lo que convierte en únicos a parajes de este tipo.

Tenemos la suerte de contar con excepcionales ejemplos conocidos por visitantes de todo el mundo en nuestra comunidad autónoma, como pueden ser los Pueblos Blancos en la Sierra de Cádiz, cuya singularidad radica más en sus relaciones con el emplazamiento, la topografía, la naturaleza que en aportar soluciones constructivas únicas…

Benaocaz. Pueblos blancos de la Sierra de Cádiz./ Dani Gómez
Benaocaz. Pueblos blancos de la Sierra de Cádiz./ Dani Gómez