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La arquitectura en su entorno
Por Rocío Martín Bautista. Estudiante de Arquitectura
Pensar en La Alpujarra, es pensar en una forma de hacer arquitectura, de hacer paisaje, donde con pocos elementos tienen la capacidad de crear un espacio enriquecedor. Y no es la repetición de estos lo que cualifica estos espacios, sino el modo en cómo son utilizados, no se trata de la imposición de un modo de asentamiento en un lugar, sino de la búsqueda de un sistema que se adecue al territorio que lo rodea, que cumpla con las necesidades del hombre y se acomode a las características del paisaje.
Recorrer estos pequeños núcleos urbanos creados por el hombre apoyándose en los elementos que ya posee el sitio, constituye toda una experiencia. Todo parece haber sido pensado en virtud del entorno y en virtud del paisaje que se crea: un muro lo suficientemente bajo para poder asomarnos al lugar, las estrechas calles que enmarcan el entorno como si de una fotografía se tratase, un hueco que traslada la vida doméstica a la calle, las chimeneas como pequeños hitos que salpican el paisaje, y esa capacidad de lo construido de adecuarse a lo existente que hacen que cada elemento a pesar de repetirse una y otra vez (la cubierta de launa, la chimenea, el tinao, …) sea diferente al anterior y nos aporte una nueva sensación, una nueva mirada, una nueva impresión. Parece como si cada pequeña pieza encajase en el lugar que le corresponde al servicio del conjunto que le rodea, y la suma, una a una, buscando la armonía con la anterior y con el lugar en el que se asienta, parece ser la fórmula del equilibrio entre el entorno y la arquitectura, y todo ello sin perder el carácter funcional para el que fue pensado y construido cada elemento, cada pieza.
Es posible en La Alpujarra contemplar el paisaje desde el entorno urbano, y es posible lo contrario, contemplar el entorno urbano desde el paisaje. Se crean perfectas transiciones entre el entorno, el espacio público y lo construido, porque ha sido necesario entender primero el espacio en el que el hombre se asentaba para luego dar respuesta a sus necesidades, y así paisaje urbano y paisaje natural conviven en sintonía.
Parece que hemos olvidado esta forma de crear ciudad, crear elementos que cualifiquen el entorno y se asienten desde el respeto al sitio que es ocupado. La ciudad de hoy no está pensada para ser recorrida, mirada, vivida, … secuencia de piezas para ser habitadas en su espacio interior, donde no se cualifica el espacio exterior, el espacio público, el entorno, porque hemos obviado tener presentes las cualidades que éste nos aporta.
Transformaciones
Por Ana Belén Herruzo García. Arquitecta
Parece que el hombre desde siempre ha actuado en su medio de una forma diferente a la mayoría de los animales. Se ha creado casi la necesidad de modificar su entorno para “facilitar” su vida. Desde los primeros instrumentos como lanzas, hachas, martillos, palancas, hasta las más modernas herramientas como los ordenadores, han sido creados por éste con el mismo fin. La consecuencia directa de la actividad del hombre es la modificación del medio que le rodea. Este proceso, en el que no vamos a entrar en mayores detalles, fue dando lugar a lo largo del tiempo a un desarrollo muy complicado de interconexión entre el hombre (sus necesidades) y su entorno (el medio físico). No podemos olvidar esta pequeña reflexión a la hora de plantearnos qué entendemos por medio rural y qué entendemos por medio urbano. Si bien la primera idea que tenemos de cada una, es que una se traduce a ciudad y la otra como el resto o medio natural, debemos ahondar en cual es el fondo y el sentido de tales afirmaciones a priori tan sencillas.
Continuando con la primera reflexión, parece, en primer lugar, que cuando hablamos tanto de urbano como de rural, asociamos el uso de un suelo con una actividad humana, esto es, una forma de interconexión entre el hombre y su entorno acorde con las necesidades demandadas por el mismo. Claro está, que en nuestros tiempos cabe introducir gran cantidad de matizaciones introducidas precisamente por la gran capacidad de los nuevos “instrumentos” con que se cuentan para llevar a cabo esta tarea, como puede ser la deslocalización de los usos y la globalización de los medios. Lo rural queda asociado a una actividad que obtiene directamente del suelo lo que necesita, como puede ser la ganadería, la agricultura, la minería… Lo urbano queda asociado a procesos secundarios, y terciarios, con todas las actividades que generan los mismos: industrias, servicios,… por lo que podemos entender queda vinculado a la manipulación de los recursos obtenidos en el medio rural, y los servicios creados como consecuencia de este proceso. Sin embargo, este no es más que un proceso que puede repetirse indefinidamente, y en este paso no hacemos distinción entre lo urbano y lo “ultraurbano”. Esto nos hace pensar en si realmente se puede diferenciar entre urbano y rural cuando parece que uno es la extensión del otro.
Entonces, ¿qué es lo que entendemos que diferencia lo urbano de lo rural, si como parece en el fondo son quizás diferentes aspectos de un mismo concepto? ¿Existe pues una continuidad entre lo urbano y lo rural? ¿O hay realmente un borde bien definido que permite diferenciarlos? Incluso físicamente, las ciudades conforme nos alejamos de su centro no aparecen y desaparecen drásticamente, sino que se van difuminando con el territorio…
El paisaje de Órgiva
Por María Aragón. Ex-presidenta de Abuxarra
No se concibe la ordenación de un territorio separando el casco urbano del entorno natural, pero la simbiosis necesita la diferenciación de ambos. La separación, curiosamente se produce, cuando el primero engulle al segundo. Gran parte del entorno que rodea a los pueblos y ciudades son vegas, que tienen un doble valor. Por una parte el paisaje agrario y por otro el aprovechamiento económico que hace a la población más estable.
Órgiva tiene una vega magnífica. Como paisaje es muy singular por la densidad de su olivar, que le confiere una personalidad extraordinaria. Los que hemos crecido con esa imagen, la hemos interiorizado tanto, que forma parte de nuestra vida. Siempre he estado convencida, que para vivir es necesario ver el entorno como algo propio, vivirlo y sentirlo.
Económicamente, la vega de Órgiva, es un gran potencial. En estos momentos se está intentando revalorizar el olivar con la creación de una almazara, organizada como cooperativa de aceite ecológico. Son las hortalizas, en algunas zonas de la vega tempranas, para venta ó autoconsumo, aspecto este último nada despreciable, pues significa un buen ahorro para aquellas familias que tienen alguna parcela. En los últimos años este valor se ha incrementado con el turismo rural, cuyo reclamo es el paisaje de olivos centenarios.
No todo el mundo ve claro, que la vida de un municipio es su riqueza endógena. Consecuencia de ello son las barbaridades que se han producido: El arranque de olivos centenarios para venderlos a especuladores para viviendas de lujo, se ha permitido la construcción de invernaderos, pocos pero muy visibles, ya que la vega es pequeña y abierta y permite una visión fácil de todo lo que ella se ubica. Pero la guinda que puede estropear una gran parte de ella es la construcción de la variante nº 5. Desde el punto de vista paisajístico, ecológico y económico. Caerían un gran número de olivos centenarios, arruinaría la economía de muchas familias, las directamente afectadas que perderían sus minifundios, que es el tipo de propiedad que existe, pero el turismo rural en esa zona se lo puede cargar perfectamente. Si la vega se mantiene con estas riquezas la población se fija en el territorio y se consolidarán los servicios y el comercio, es todo un engranaje que para que funcione bien solo es necesario mantener nuestro entorno natural. Si por el contrario, lo vamos llenando de elementos disonantes su función será cada vez exigua, no cumplirá con su papel que es fundamental, especialmente en la zonas rurales.
Las acequias
El agua corriente de las acequias crea su propio eco-sistema lineal con unas condiciones especiales para la supervivencia de la flora y la fauna de las inmediaciones del cauce. Por lo tanto, al valor intrínseco que poseen para la actividad agrícola hay que añadir el valor ecológico debido a las filtraciones que generan vegetación natural a su paso.
Las acequias arrancan directamente sobre los cursos de los ríos y ramblas en cotas superiores a los 2.000 metros de altitud. Mediante una pequeña balsa de acumulación se canaliza el agua por un cauce casi paralelo a las curvas de nivel del terreno, con una pendiente moderada y atravesando de forma perpendicular la red de drenaje natural de la zona. La morfología del terreno se salva mediante construcciones de ingeniería hidráulica tradicional: acueductos, minas, puentes, aliviaderos y partidores, y una gran cantidad de compuertas y caños.
Cada acequia tiene su propia red de distribución: acequias cabeza (o recolectoras), acequias madre (que avanzan el caudal), acequias ramal (que llevan el caudal lejos del cauce principal), caederos (que desvían el agua haciéndola caer por la pendiente mediante un emparrillado de surcos con forma de rectángulo inclinado), albercas (para almacenar o regular el agua), cascadas de albercas (en las zonas donde las afloraciones de agua son difusas), y en el extremo último de la red se encuentran los bancales agrupados en torno a los cortijos y eras.
Las acequias se adaptan perfectamente al medio natural al estar excavadas en el mismo terreno y ser reforzadas con piedras. La construcción, mantenimiento y funcionamiento de las acequias se realiza por los propios vecinos y con materiales del entorno configurándose como un sistema eficaz, de gran autonomía y optimización de los recursos locales.




