Mostrando artículos por etiqueta: agricultura
AGRICULTURA ECOLÓGICA Y PAISAJE
Los problemas ecológicos creados por las prácticas de cultivo convencionales originaron la aparición de diferentes propuestas de diversa naturaleza y responsabilidad que pretendían aminorar o eliminar estos problemas. De ahí, surgió la agricultura ecológica. Definirla brevemente no es fácil ya que si algo la caracteriza es la diversidad, por tenerse en consideración, no sólo aspectos agrarios, sino también medioambientales, económicos y sociales.
La definición aprobada en la Orden de 26 de septiembre de 2000 define que la Agricultura Ecológica es un sistema agrario cuyo objetivo fundamental es la obtención de alimentos de máxima calidad respetando el medio ambiente y conservando e incrementando la fertilidad de las tierras a medio y largo plazo, mediante una utilización óptima de los recursos naturales, sin el empleo de productos químicos de síntesis y manteniendo el bienestar animal. No obstante, para cumplir con estos objetivos es necesario abarcar multitud de conceptos y técnicas. En agricultura ecológica no se utiliza una mera sustitución de insumos sino que el manejo de la finca o granja debe basarse en una serie de prácticas que actúen como medidas preventivas y aminoren los problemas de fertilización y de manejo de plagas, enfermedades y malas hierbas. Muchas de estas prácticas van encaminadas al aumento de la biodiversidad. Sobra decir la importancia que tiene esta biodiversidad para asegurar la estabilidad a través del tiempo de un agroecosistema.
Los agricultores ecológicos ven el resultado de su trabajo no solo en la satisfacción de quienes consumen sus productos, sino también en el estado de los campos, arroyos, árboles y montes que los rodean. Aunque el Reglamento de la UE sobre agricultura ecológica no especifica con exactitud qué prácticas han de emplearse para la buena salud de estos recursos, algunas de las normas y prácticas voluntarias a las que se adhieren los agricultores ecológicos tienen su efecto en este sentido.
Toda actividad agrícola implica la modificación del ambiente natural. Sin embargo, la agricultura ecológica intenta reducir al máximo este impacto, con lo que las granjas ecológicas tienden a difuminarse en el paisaje circundante.
La agricultura ecológica se adhiere a prácticas que ayudan a mejorar y preservar los paisajes rurales, entre los que se incluye la creación y la conservación de:
- Setos
- Prados
- Flora y fauna autóctona
- Vías fluviales naturales
La diversidad de especies animales y vegetales empleadas en la producción ecológica, así como la variedad en los usos de la tierra, contribuyen a crear un paisaje más interesante y variado. Se conservan las zonas de vegetación silvestre y se plantan especies no cultivables que ayudan al desarrollo de los depredadores naturales de las plagas.
Además de ser visualmente atractivos, los paisajes que crea la agricultura ecológica son los más idóneos para los lugares en los que se encuentran. Esto es posible porque:
- Se utilizan recursos in situ, y no insumos externos
- Es prioritaria la utilización de especies vegetales y animales autóctonas
Prácticas que contribuyen a la mejora de la estructura del suelo y de les recursos hídricos que, asimismo, ayudan a mantener el equilibrio natural de las distintas zonas.
Las prácticas agrícolas ecológicas diseñadas para mejorar el bienestar de los animales pueden también crear una visión más atractiva de la ganadería de cara a los que son ajenos a ella:
- Todas las especies animales tienen acceso a espacios abiertos con pastos.
- Un número más reducido de animales pasta en cada parcela
- Suelen emplearse razas tradicionales y autóctonas, lo cual resulta mucho más atractivo
Además de los beneficios para la naturaleza y para los seres vivos, los paisajes que resultan de la agricultura ecológica también pueden traer consigo beneficios socioeconómicos adicionales, como es el incremento del atractivo de las zonas rurales. Ello hace más probable que estos lugares atraigan y retengan habitantes en una época de migración masiva a áreas metropolitanas.
Fuentes: ‘Manual para la diversificación del paisaje agrario’
Por Gosia Janusz. Paisajista de GRarquitectos
Transformaciones
Por Ana Belén Herruzo García. Arquitecta
Parece que el hombre desde siempre ha actuado en su medio de una forma diferente a la mayoría de los animales. Se ha creado casi la necesidad de modificar su entorno para “facilitar” su vida. Desde los primeros instrumentos como lanzas, hachas, martillos, palancas, hasta las más modernas herramientas como los ordenadores, han sido creados por éste con el mismo fin. La consecuencia directa de la actividad del hombre es la modificación del medio que le rodea. Este proceso, en el que no vamos a entrar en mayores detalles, fue dando lugar a lo largo del tiempo a un desarrollo muy complicado de interconexión entre el hombre (sus necesidades) y su entorno (el medio físico). No podemos olvidar esta pequeña reflexión a la hora de plantearnos qué entendemos por medio rural y qué entendemos por medio urbano. Si bien la primera idea que tenemos de cada una, es que una se traduce a ciudad y la otra como el resto o medio natural, debemos ahondar en cual es el fondo y el sentido de tales afirmaciones a priori tan sencillas.
Continuando con la primera reflexión, parece, en primer lugar, que cuando hablamos tanto de urbano como de rural, asociamos el uso de un suelo con una actividad humana, esto es, una forma de interconexión entre el hombre y su entorno acorde con las necesidades demandadas por el mismo. Claro está, que en nuestros tiempos cabe introducir gran cantidad de matizaciones introducidas precisamente por la gran capacidad de los nuevos “instrumentos” con que se cuentan para llevar a cabo esta tarea, como puede ser la deslocalización de los usos y la globalización de los medios. Lo rural queda asociado a una actividad que obtiene directamente del suelo lo que necesita, como puede ser la ganadería, la agricultura, la minería… Lo urbano queda asociado a procesos secundarios, y terciarios, con todas las actividades que generan los mismos: industrias, servicios,… por lo que podemos entender queda vinculado a la manipulación de los recursos obtenidos en el medio rural, y los servicios creados como consecuencia de este proceso. Sin embargo, este no es más que un proceso que puede repetirse indefinidamente, y en este paso no hacemos distinción entre lo urbano y lo “ultraurbano”. Esto nos hace pensar en si realmente se puede diferenciar entre urbano y rural cuando parece que uno es la extensión del otro.
Entonces, ¿qué es lo que entendemos que diferencia lo urbano de lo rural, si como parece en el fondo son quizás diferentes aspectos de un mismo concepto? ¿Existe pues una continuidad entre lo urbano y lo rural? ¿O hay realmente un borde bien definido que permite diferenciarlos? Incluso físicamente, las ciudades conforme nos alejamos de su centro no aparecen y desaparecen drásticamente, sino que se van difuminando con el territorio…
La recuperación de las acequias
Por Sandra Álvarez Muñoz. Geógrafa ambientalista
Como venas para el cuerpo humano, son las acequias para La Alpujarra: transportan la vida a todas sus extremidades. Sin riego, sin venas, sin acequias, no hay vida. Y sin embargo, probablemente, las acequias han sido uno de los elementos patrimoniales más agredidos, menos respetados, cercenando con ello una parte de la vida de la Alpujarra, quitándole el riego a buena parte de su cuerpo.
Durante mucho tiempo, casi todos creyeron que, entubándolas, hacían lo mejor, asegurando que todo el agua, ese bien preciado y escaso, llegaba al final del camino, sin perder una sola gota en el viaje. En esta batalla por dominar el agua, por entubar la acequia, podías encontrar guerreros vestidos de alcaldes, soldados vestidos de comunidad de regantes, persiguiendo sin tregua la optimización de hasta la última gota, como paradigma de la modernización agraria. Pero en el fragor de la batalla, casi nadie tuvo en cuenta que, en realidad, el viaje era parte del fin propio de la acequia; que el paso del agua, rozando la tierra, era el paso de la vida y que, en definitiva, quinientos años de cultura agraria no podían estar tan equivocados…
Echando la vista atrás (quizás no tan atrás), recuerdo como nos decían desde la propia Administración, subvención en mano, que quienes defendíamos el sistema agrícola tradicional éramos unos bárbaros, dilapidando riqueza hídrica regando a manta, y que, desde luego, el futuro de la agricultura en la Alpujarra pasaba por el entubamiento y el riego por goteo. ¡Como si el declive de la agricultura de montaña, realmente, dependiera de esto!, y no de un proceso económico capitalista, que lleva a la crisis al pequeño productor y que condena al espacio agrícola a depender de la subvención. Y así, persiguiendo la modernidad y, por qué no decirlo, la entelequia del desarrollo, las acequias fueron cayendo una detrás de otra, ora aquí, ora allá. A veces fragmentos, a veces acequias completas… Y, sí, el agua llegaba hasta el final del camino, sin merma. Pero el camino fue desolándose, y el paisaje fue perdiendo retazos de vida, ora aquí, ora allá… ¿No recordáis la colina de Lobrazán, verde, arbolada, repleta de castaños que se erguían como guardianes del agua de su acequia, antes de llegar al acueducto de los Arcos?. Ahora el agua pasa entubada, y no precisa de guardianes en su ribera, así que ya no los hay, apenas, y toda la colina es más amarilla, más frágil a la intemperie y a la erosión.
Tal vez hoy, muchos de aquellos guerreros (y guerreras), prefieran no reconocerse en ese pasado en el que creían estar a la vanguardia del desarrollo rural, mientras interactuaban, de forma despreocupada, sobre un paisaje que no cesa de ser generoso con la vista y con quién lo ama, respeta y cuida. Hoy la visión de progreso es la contraria, gracias probablemente al tesón de muchos “pelúos”, hoy reconocidos como parte de movimientos ecologistas y conservacionistas, en los que militan incluso representantes municipales, agricultores y técnicos de la administración. Quedan aún, sin embargo, cruzados de la modernidad anticuada, entubando el agua y poniendo etiquetas, más o menos despectivas, a un modo de ver el territorio, que no es más que salvaguardar lo que tenemos, para que lo disfruten tus hijos, los mios…
Hubo de ponerse “de moda” la agricultura ecológica, y fue necesario que la Consejería de Agricultura desplegara una Dirección General y un CAAE, para que en esta comarca, la productividad del pequeño terruño no fuese cosa solo de hippies y extranjeros, obsesionados por permitir vivir a los pájaros y a los insectos. Las Comunidades de Regantes, a veces muy a su pesar, dejaron de pedir al Parque Nacional subvenciones para entubar acequias. Algunos, más clarividentes, incluso dijeron al propio Parque que no se subvencionasen.
Todos estos “alguienes” que actuaban en silencio, gente comprometida, es a la que se le debe, que hoy se planteen actuaciones para la conservación de las acequias, por su multiplicidad de funciones, ambientales, paisajísticas y de productividad en la estructura agraria. Y de que, cuando se mira una acequia, se mire como un bien, un bien patrimonial, un legado que debe permanecer en el futuro. En este sentido, es prioritaria la labor de la Administración, aunando esfuerzos y destinando recursos para su conservación y mantenimiento. Pero si hay algo necesario, por encima de todo ello, es la presencia de la actividad agrícola. La Alpujarra necesita estar cultivada, y cultivada con respeto a la tradición, para que el paisaje que hoy contemplamos, de paratas, de líneas horizontales por las que discurre la acequia, el contraste de color y vegetación, la variedad de ecosistemas e imágenes de la comarca, no desaparezca.
Si desapareciera, aunque fuera de forma parcial, se perdería el único motor actual real de la actividad económica de la Alpujarra, el turismo, basado en la contemplación del paisaje y el disfrute y la realización de actividades en la naturaleza. Sólo la pervivencia de este paisaje ha permitido que, hoy, la Alpujarra no sea ya un auténtico desierto demográfico. Y el paisaje tiene dos protagonistas, únicos e insustituibles: el agricultor y las acequias. Uno sin otro no son más que testimonios insostenibles en el tiempo. Sin agricultor no hay acequias, sin acequias no hay paisaje, sin paisaje no hay vida en La Alpujarra.


