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No hace mucho tiempo que un ilustre colega, también paisano mío por más señas, me compartió la enorme indignación que le produjo visitar el Castillo de la Calahorra (Provincia de Granada. España).

Se trata de uno de los B.I.C. más sobresalientes de Andalucía y uno de los mejores referentes monumentales de la rica Comarca de Guadix. También constituye el icono patrimonial más reconocible del flamante Geoparque de Granada ¿Por qué? Pues porque es imposible soñar un mejor fondo escénico para su imponente silueta que las impresionantes cumbres blancas de la cara norte del P.N. de Sierra Nevada que, en apenas distancia, se yerguen casi 2000 metros por encima del altiplano del Marquesado del Zenete.

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Pero también se trata de un ajado monumento cuyos propietarios nunca han querido abordar con responsabilidad su deber de conservación ni tampoco nunca quisieron gestionar con altura de miras la visita turística al monumento, reduciéndose a un escueto mínimo legal de una tarde a la semana.

Esto me decía el arquitecto Paco Sánchez Martínez:

“Nos llamó poderosamente la atención que una joya arquitectónica de semejante porte y potencia se encuentre en una permanente agonía, sin más conservación que unos cartones para recoger el guano de las palomas que se cobijan en las tirantas de las galerías del patio, o un plástico atado sobre el barandal de mármol de Carrara de la planta superior… Un bochorno que enrojece a los que amamos nuestro patrimonio.

Verdaderamente indignante que un Castillo concebido como una auténtica gema: rudo e inescrutable desde el exterior y cristal precioso y brillante hacia el interior, se encuentre en un estado de abandono de proporciones colosales, que ha sido denunciado en repetidas ocasiones…”

Quizás ya sabrás que el Castillo de La Calahorra, que data de principios del siglo XVI, constituye uno de los mejores ejemplos de palacio-fortaleza renacentista en España. Está ubicado sobre una colina rocosa para así dominar la extensa llanura del antiguo Marquesado del Zenete.  O  que en el entrellano de ese cerro se asienta el pueblo de La Calahorra, a escasos kilómetros de la autovía A-92, y ubicado en un estratégico cruce de caminos ya que allí confluyen tanto la ruta que parte hacia La Alpujarra (a través del Puerto de La Ragua) como diversas carreteras que se dirigen hacia los otros pueblos del altiplano, todos ellos ubicados a casi un tiro de piedra (Ferreira, Aldeire, Alquife, Lanteira, Dólar, Charches o Jerez del Marquesado, por citar algunos de ellos).

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Pero es que además de proximidad geográfica, entornos idílicos y costumbres ancestrales llenas de autenticidad, también debemos tener en cuenta que todos los pueblos del marquesado conviven con unas barreras difíciles de superar:  envejecimiento de su población, recesión demográfica y unos niveles de empleo y renta ínfimos, lo que sitúa a esta comarca como una de las zonas más deprimidas de toda la Unión Europea.

Ahora sí que te será mucho más fácil imaginar la frustración de sus gentes al comprobar cómo los valores patrimoniales del castillo no han servido de acicate para propiciar el tan ansiado desarrollo socioeconómico: impotentes ante la no apertura al público en condiciones aceptables; impotentes ante el estado de degradación del monumento; e impotentes ante la histórica falta de implicación por parte de las administraciones públicas para la superación de este conflicto.

¿El resultado? Un tremendo desapego social e incluso municipal con respecto a su principal monumento en particular y con respecto a lo patrimonial en general. Lo demuestra el hecho de que la evolución urbana acaecida en este pueblo durante los últimos 30 años esté plagada de soluciones estéticas heterogéneas y llenas de imposturas impropias de un pueblo que ama su patrimonio y sus tradiciones. También pone de manifiesto la falta de control municipal y por tanto de implicación municipal para la aplicación del planeamiento planeamiento urbanístico vigente desde 1995 (NNSS), que ya por entonces quiso apostar por el mantenimiento de la armonía y los valores urbanos, ambientales y paisajísticos de su arquitectura tradicional. Por tanto::

  • Deterioro de la riqueza patrimonial y cultural en el casco tradicional como consecuencia del abandono y desuso de los edificios.
  • Importación de los gustos y modas que nadan tienen que ver con las tradicionales, dando lugar a “pastiches” arquitectónicos.
  • Proliferación anárquica de edificaciones y usos diversos en el entorno urbano

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Es decir, es como si en La Calahorra se llevara a gala dicha falta de valorización social del patrimonio como manera de protestar por el abandono de las administraciones en la resolución de los problemas de su castillo, ya que en otros municipios colindantes se aprecia mucho mayor esmero en el tratamiento de las edificaciones y espacios públicos a pesar de no disponer de un BIC tan relevante como La Calahorra.

También en el entorno rural inmediato del Castillo hay vergonzosas huellas de un desarrollismo inconsciente e inexplicable, del que en este caso ya no son responsables solo los habitantes de La Calahorra ya que todas las administraciones ya sea por activa o por pasiva permitieron en la década de los '90 que al hilo de la construcción de la autovía que articula Andalucía (A-92) se autorizase una terrible cantera de áridos en las mismísimas narices del cerro del castillo… cuyo impacto atroz siempre nos estará gritando.

Pero ahora cambiemos de tercio, porque ya por fin me haré eco de una bellísima noticia de hace unas semanas que ha corrido como la pólvora:

“El castillo de La Calahorra será público tras medio milenio en manos privadas”

Ha sido gracias a la feliz iniciativa de la Diputación de Granada, que ha gestionado su adquisición. Es más, Francisco Rodríguez, su presidente, se ha atrevido a aseverar que “se trata del anuncio más importante que ha hecho la diputación en 40 años de historia”. Presidente, estoy absolutamente de acuerdo y quiero felicitarte públicamente por ese compromiso de diputación con el patrimonio de la “Granada interior” ya que además del Castillo de La Calahorra se ha conocido que ha adquirido otros BIC en Guadix o en Huéscar, por ejemplo. ¡Felicidades!

Pero esta bellísima noticia, larguísimamente anhelada, como te contaba, resulta que ha pillado a este pueblo en "fuera de juego patrimonial"… ya que lamentablemente durante muchos años eligió el peor camino posible para mostrar su desazón y su impotencia: algo así como darse un tiro en el pie.

Por eso, vecinos de La Calahorra con vuestro alcalde Alejandro Ramírez a la cabeza, ahora toca arremangarse y demostrar que verdaderamente amáis a vuestro castillo. ¿Cómo? Yo os lo diré:

    • mimando vuestra arquitectura tradicional,
    • rehabilitando las casas en peor estado de conservación,
    • instando a la conservación de las casonas históricas que aún se conservan,
    • o protegiendo el paisaje rural de vuestra vega tradicional e instando para que siga estando cultivada…

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Y para ello, nada mejor que empezar a aplicar sin dilación y con rigor el Documento de Criterios para la regulación del Entorno del BIC del Castillo de la Calahorra (Granada) que por encargo de la Delegación Territorial de Granada de la Consejería de Turismo, Cultura y Deporte de la Junta de Andalucía fue elaborado en 2022, en el que de manera detallada se explica cómo hacer compatible el desarrollo local y la protección cultural en el entorno urbano y rural de este monumento.

 

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A puntito de cumplir las dos primeras semanas del encierro casero del coronavirus, y sin visos de que esto vaya a terminar pronto… el caso es que llevo varios días pensando en otro encierro que ya va durando casi 25 años: el que sufren Alquife (Andalucía, España) y de sus gentes… Porque ellos sí que están enclaustrados en la burbuja del tiempo desde que en 1996 Las Minas del Marquesado (o “de Alquife”) cerraron su actividad.

Así que no solo este pueblo, sino todos los de alrededor (Lanteira, La Calahorra, Aldeire, Ferreira, Jeres del Marquesado, Charches o Albuñan) perdieron con el cierre de las minas la fuente principal de ingresos que desde hacía más de un siglo les había dado sustento, sufriendo desde entonces una larga agonía, que los va desangrando de gente y sobre todo de jóvenes…

Mi vinculación con Alquife tiene múltiples flecos: profesionales, afectivos o personales. Así, cómo olvidar que el primer plan urbanístico que dirigí fue en este municipio y recuerdo con muchísimo afecto al secretario del ayuntamiento (José Luis Larrea) de quien tanto aprendí y al que fue su alcalde, mi amigo Jesús Valenzuela, tan querido por todos.

Debéis saber que la vocación minera de Alquife y sus alrededores se remonta a los poblados íberos (y posteriormente romanos) que explotaron algunos de los afloramientos de hierro, tan frecuentes por estos lares (uno de cuyos ejemplos lo tenemos junto a Ferreira, en el Cerro del Cardal).  Una actividad que de una u otra manera ha tenido continuidad de manera artesanal hasta finales del siglo XIX, cuando ya resurge con fuerza de la mano de la minería moderna (con las técnicas y maquinarias precisas) y con el apoyo del capital extranjero, lo que le supuso todo un siglo dorado de actividad, que repercutió decisivamente en el desarrollo socioeconómico de los pueblos del Marquesado del Zenete y de Guadix.

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Como vestigios de esta actividad frenética durante el pasado siglo nos quedaron la gran corta a cielo abierto que hoy caracteriza al paisaje de la llanura del Zenete, y el recuerdo de un urbanismo minero (el poblado) al que le acompañan numerosas edificaciones e instalaciones industriales de gran singularidad.  Además, claro está, del ferrocarril minero hasta el puerto de Almería y su característico y espectacular “Cargadero de Mineral”, uno de los símbolos de esa ciudad.

Sin embargo, a partir de 1970 la minería en Alquife empieza a experimentar una gran crisis por el aumento de los costes de explotación (con el mineral cada vez más profundo) y por la coyuntura internacional (competencia con otras minas, limitaciones europeas a la siderurgia nacional, o tipos de cambio desfavorables entre la peseta y el dólar) a la que ni siquiera el proteccionismo estatal hacia el sector pudo garantizarle su viabilidad, por lo que las minas acabaron cerrando en 1997, quedando sumidas desde entonces en un profundo estado de abandono. Y en ese contexto, es en el que la Junta de Andalucía decidió en 2010 su declaración como BIC (Bien de Interés Cultural) en la categoría de Lugar de Interés Industrial (Decreto 333/2010).

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Esta declaración viene a suponer “el reconocimiento patrimonial de este conjunto minero que supone la puesta en valor de una parte fundamental de la historia y del legado minero-industrial andaluz desde su origen hasta nuestros días” incluyendo un variado patrimonio inmueble y mueble del siglo XX, así como otros elementos asociados como las centrales hidroeléctricas de Jerez del Marquesado. Pero también el reconocimiento de que la minería en esta tierra, junto con la agricultura de regadío, han ayudado a configurar las relaciones del hombre con su medio hasta generar la identidad territorial de este espacio.

Y mientras que os escribo se me agolpan los recuerdos y las vivencias de tantas y tantas personas que allí vivieron con quienes la vida me ha ido entrelazando… Cómo olvidar, por ejemo, a mi buen amigo Natalio, que fue mecánico en las minas, y los chascarrillos que me contaba de cuando cada mañana iba desde Aldeire a trabajar. Y la gran amistad que tenía con el que fue párroco por los años sesenta en aquellos pueblos, José Luis de los Reyes (mi querido tío Pepeluís) y las anécdotas que recogió en su libro “Andanzas de un cura rural” -aprovecho para mandar un sentido abrazo a mi tá Encarnita-. O todo lo que oí narrar sobre el Tío Solano (Antonio) que regentaba un estanco y una taberna junto a las minas, en El Ventorro, donde paraba La Autedia. Se llevaba bien con todos los trabajadores de la mina y con sus jefes, especialmente con D. Eloy -aprovecho para mandar un abrazo a María, su mujer, y a su sobrina Elena-.

Pero de aquel Alquife de 2600 habitantes hoy a duras penas quedan 600, y mira que lucha el valiente y voluntarioso Benito, su alcalde. Empecinado en favorecer la reapertura de las minas.

Por eso fue un alivio que en la propia declaración del BIC se reconociese que si en el futuro la explotación minera fuera contradictoria con la protección patrimonial, prevalecería la actividad minera, algo excepcional en un BIC:  

“… A efectos de mantener viva la actividad extractivo-mineral del conjunto minero, dicha actividad minera será prioritaria respecto de la modificación o desaparición de los bienes inscritos en el presente Decreto, así como sobre los nuevos o diferentes productos patrimoniales que pueden ser incorporados al legado histórico…”

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Muchos años después he vuelto a tener el honor de dirigir un nuevo PGOU para el ayuntamiento de Alquife, uno de cuyos cometidos está siendo ayudar a la viabilidad de la reapertura de las minas, gracias al impulso de la compañía propietaria (“Minas de Alquife, S.L.U.”), y al respecto se están dando pasos muy importantes:

  • Con la conclusión de un Plan Especial que engloba a todos los municipios afectados, para regular y ordenar las actuaciones necesarias para volver a poner en funcionamiento la explotación minera, coordinando los aspectos urbanísticos, ambientales, culturales, de infraestructuras o logísticas.
  • El “Proyecto de desmantelamiento de instalaciones mineras obsoletas en las Minas de Alquife (Granada)” ya autorizado por la JA para la demolición de aquellas instalaciones que se ha considerado incompatibles con la explotación minera.
  • A través del PGOU, la regulación urbanística exhaustiva de todo el municipio y específicamente del ámbito territorial incluido en el BIC.
  • Y con la Catalogación individualizada y detallada de todos los bienes culturales que no han sido desmantelados y que por tanto deben ser preservados y rehabilitados.

Así que, aunque pareciera que el camino no tiene fin… Alquife y sus gentes llevan años soñando un nuevo futuro cada vez más cercano. Por eso quiero imaginarme la alegría de los alquifeños cuando llegue ese día y en las fiestas de San Hermenegildo, su patrón, le den fuego al Palo, henchido de pólvora, para que reviente el pueblo de alegría…

¡Ojalá sea prontito!

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Vista del pueblo y del castillo de La Calahorra.
Vista del pueblo y del castillo de La Calahorra.

Hace ya unos años, encontrábame informando planeamiento en la Delegación Provincial de Medio Ambiente de Granada. Por entonces llegó hasta allí un PGOU, el de La Calahorra, con el que se pretendía dar respuesta, al igual que otros muchos ayuntamientos venían pretendiendo, a las crecientes necesidades expansivas del municipio. Recuerdo que, además de un campo de golf, se buscaba desarrollar un pequeño polígono industrial en la confluencia con la autovía y un gran sector residencial a la entrada del pueblo desde ésta. Por lo demás, nada raro según los parámetros al uso de por entonces.

Si que me llamó la atención la alegación de un ciudadano que, harto de la “rumbosidad” de las administraciones, se quejaba de que después de haber tenido que mover su granja (en explotación) a instancia del Ayuntamiento, ahora se le volvía a obligar a que la desplazase unos metros más allá del pretendido desarrollo, habida cuenta de las posibles  afecciones que pudieran derivarse, y todo ello en el leve transcurso de apenas una década.

Este caso me hizo reflexionar sobre la idoneidad de ciertas actuaciones administrativas, actuaciones que en ocasiones se deciden al estilo en el que fueron diseñados los países de la descolonización africana, es decir, a regla y cartabón, sobre un mapamundi continental y desde kilómetros de distancia. Además, en este caso en concreto, existía el agravante de reincidencia, pues ya se había planificado una anterior ubicación para la citada explotación.

Por tanto, quiero traer a colación la escasa repercusión que tiene para la Administración la delimitación de un ámbito de protección, pero la gran incidencia que ésta tiene para los ciudadanos y el futuro de la población. Esto es especialmente notable cuando la delimitación coarta intereses particulares; pero en esta ocasión no voy a exponer la situación desde este ángulo, sino desde el punto de vista de cuando la Administración se queda corta, cuando deja fuera del ámbito zonas o elementos que debería incorporarse. Es el caso de la delimitación del entorno de protección del castillo de La Calahorra, que excluye sus flancos sur y este, bajo el pretexto de la alta transformación, la degradación cultural y paisajística, y la baja posibilidad de visualización.

Al respecto cabe decir que, en primer lugar, la alta transformación a la que se alude no es consecuencia de una inadecuada planificación, sino más bien de su ausencia, por lo que se está perdiendo la oportunidad de regular un espacio que hasta la presente ha resultado carente de ordenación, al menos cultural, lo que puede haber hecho que proliferen los “cocherones” o naves de aperos que actualmente circundan el Cerro del Castillo por su piedemonte.

En segundo lugar, la degradación cultural y paisajística que afecta a estos flancos no es menor que la que afecta a los flancos norte y oeste, pues no se puede pretender atribuir al sentido ciudadano la intención de esconder sus actividades más impactantes tras el cerro para que así no fuesen visibles desde la autovía, entre otras cosas porque es difícil encontrar esta sensibilidad entre quienes su necesidad perentoria ha sido la economía inmediata, y sobre todo porque el acceso al pueblo desde la autovía es de muy reciente configuración, pues antes éste se hacía precisamente desde el flanco suroeste.

Por último, la baja posibilidad de visualización es un argumento pobre, atemporal y escasamente fundamentado, pues si bien es cierto que gran parte de los ciudadanos y visitantes de La Calahorra le acceden desde el norte, hay que recordar que los habitantes de los pueblos colindantes, con los que hay importantes nexos de unión histórica, familiar, económica, etc., acceden a susodicha autovía por este punto, sin contar en ello el fuerte impacto visual que un desarrollo descontrolado pudiera tener sobre los pretendidos esquiadores que supuestamente han de llenar la estación del Puerto de la Ragua, de la que se baja precisamente por aquí, mostrando un escaparate fundamental para acompañar la actividad deportiva y fijar la visita del pueblo, de manera que no resulte un mero punto de paso.

Pero es que no sólo los argumentos esgrimidos son vagos, sino que además se pierden otras oportunidades como las de poner freno a algunas de las actividades más agresivas que acechan al pueblo y que son verdadero quebradero de cabeza para sus gestores, caso de las canteras del Cerro Juan Canal, impactantes no sólo visualmente, sino también en cuanto a polvaredas y vibraciones, a tenor de lo que los habitantes del lugar nos transmitieron; o la pérdida de tipologías constructivas, totalmente desvirtuadas en algunos casos señeros.

Igualmente se pierde la ocasión de atajar problemas históricos como el de solventar de una vez para todas un acceso adecuado al monumento, procurar la estabilidad de algunos roquedos que de manera natural o antrópica se ciernen sobre las edificaciones más próximas al Castillo, o fijar los puntos más adecuados para la disposición de las infraestructuras de suministro que han de facilitar la visita del bien, hecho en el que Cultura tiene mucho que decir, pues afectará irremediablemente la estructura del castillo y muy posiblemente la de la barbacana que lo flanquea por algunos de sus extremos.

También sería muy interesante la ampliación del entorno a todo el cono del cerro porque muy posiblemente, y esperemos más pronto que tarde, habrán de llevarse a cabo diversas prospecciones arqueológicas que saquen a la luz el origen de su poblamiento, amén de otros aspectos cruciales para la vida en la zona como es el caso de las calicatas que pueden encontrarse en él, no sabemos si como ensayo minero o como provisión de material de construcción para el propio castillo.

Por último, y aunque éste sea menos agradable, existe otro motivo por el que conviene a la Administración la ampliación del ámbito, y es que al desplegarse una protección más restrictiva sobre el lugar se estaría evitando la prescripción de actuaciones urbanísticas, se reforzaría el argumento de cara a futuras intervenciones, incluyendo la de  expropiación, y el Ayuntamiento ampliaría su gama de motivos en la solicitud de subvenciones.

En definitiva, con esta decisión la Junta de Andalucía no está sacando todo el rédito que debiera a su capacidad de facilitar la planificación a particulares y ayuntamientos, pues no hay que olvidar que si bien el ciudadano es bastante reticente a ponerles vallas al campo, lo es más a la incertidumbre de la Administración, pues cada indecisión suya se traduce en importantes costes para éste, ralentizando así la inversión y el despegue económico de los pueblos de Andalucía.

Por Juan Garrido Clavero. Geógrafo especialista en urbanismo

Miércoles, 22 Septiembre 2010 10:15

EL CASTILLO DE LA CALAHORRA SOLO ESTÁ DE MEDIAENHORABUENA

Panorámica con el Castillo de La Calahorra.
Panorámica con el Castillo de La Calahorra.

La reciente medida de la Junta de Andalucía por delimitar el entorno de protección del Castillo de La Calahorra se trata, sin duda alguna, de una acción necesaria a todas luces, pero al mismo tiempo insuficiente puesto que excluye dos de los flancos del monumento, por lo que seguirán degradándose como lo vienen haciendo a lo largo de los últimos años… Os lo explicaré:

Estamos hablando de uno de los más relevantes hitos culturales de Andalucía, como lo demuestra el hecho de la cada vez mayor frecuencia con que es utilizado en todo tipo de campañas de promoción de nuestra tierra, por reflejar como pocos lugares la conjunción de sus maravillosos valores patrimoniales, paisajísticos y naturales: la arquitectura rotunda del Castillo coronando su cerro con las cumbres nevadas del Parque Nacional al fondo… y por ello está perfectamente justificado que la Junta de Andalucía se haya decidido a proteger las llanuras del Marquesado de Zenete hasta Alquife y la autovía A-92, debido a la estrechísima relación histórica y visual del bien con su territorio… y esto es correcto, muy correcto, y no solo para evitar transformaciones perjudiciales, como se ha afirmado en el expediente, sino porque además El Castillo quedará ahora enlazado espacialmente con el otro icono patrimonial de esta comarca: Las Minas de Alquife, reconociendo y reforzando aun más si cabe el potencial como paisaje cultural de la cara norte del Sierra Nevada.

Y entonces… ¿Dónde estaría el “pero”? Pues en el abandono a su suerte, como os decía, de los flancos Sur y Este del monumento: el núcleo histórico de La Calahorra y las laderas del Cerro Juan Canal, respectivamente, que son excluidas del entorno de protección. Y lo argumenta el expediente en que estas zonas “aparte de tener un alto grado de transformación y degradación cultural y paisajística, no tienen las posibilidades de visualización y significación que si existen en el oeste y norte”.

Esto quiere decir en primer lugar que la Consejería de Cultura renuncia a que la revitalización y la conservación de La Calahorra se realice bajo su tutela, esto es, con criterios rigurosos, y que por tanto corresponderá al municipio establecer el listón de la autenticidad cultural que desee o que pueda, aunque ya sabemos lo que esto supone… Porque en los pequeños municipios no basta solo con la buena voluntad para conservar sus núcleos históricos. Y por eso casi todos nuestros pueblos son hoy menos hermosos que ayer, están empobrecidos culturalmente como consecuencia del desarrollismo urbanístico y de la importación de modas y tipologías constructivas foráneas, ignorando que sus recursos ambientales y patrimoniales no son renovables.

Así pues, la ¿preservación? de La Calahorra dependerá en el futuro únicamente del buen hacer de sus gentes… a pesar de que todos los especialistas parecen coincidir en que la mejor receta es una combinación que incluya necesariamente buenos instrumentos de protección; una tutela suficiente de la administración cultural; ayudas públicas e incentivos; amén de la imprescindible educación/implicación de la sociedad local.

Sin embargo, la mayor parte de los valores patrimoniales de La Calahorra siguen estando ahí, aunque también cada día son menos, fruto de esa falta de criterios del mundo rural que no termina de apreciar suficientemente muchas de sus cosas valiosas: su arquitectura tradicional, su paisaje urbano, la necesidad de fomentar la rehabilitación y de evitar la progresiva densificación del pueblo, la relevancia de los edificios singulares y valiosos y la necesidad de rehabilitarlos con rigor. Ni de entender que es imprescindible buscar un modelo de crecimiento equilibrado y compatible con el mantenimiento de su autenticidad cultural… Por eso, me parece un grave error no contemplar que este pueblo va a ir vanalizándose poco a poco (como también está ocurriendo en el resto de la comarca), como me parece una falacia pensar que esta degradación del entorno urbano no empobrecerá asimismo al monumento…

Por eso, no entiendo el pragmatismo y la tibieza de la Consejería de Cultura. Y también quiere decir, en segundo lugar, que el gravísimo deterioro ambiental y paisajístico que día tras día genera ¡Una tremenda cantera de áridos! ubicada justo enfrente del Castillo, seguirá, seguirá, y lamentablemente seguirá hasta terminar de desmochar el Cerro Juan Canal… ¿Alguien concebiría una cantera de áridos frente a La Alhambra? ¿Y frente al Tajo de Ronda? Podría seguir poniendo ejemplos, ninguno de ellos exagerado, para explicar la gravedad de lo que ocurre y se percibe, bien que se percibe, en la proximidad del monumento. Y es cierto que ya existe un deterioro paisajístico, pero nada comparable al que se nos avecina… con el silencio y la complicidad de todas las administraciones. De todas.

Creo que debo contaros algo que ocurrió hace ahora 20 años y que nunca había contado: Acompañé al entonces alcalde de La Calahorra (Pepe Gallego, para mí con diferencia el mejor que les he conocido) en una visita al Delegado de Cultura en la que propuso a su Consejería la protección del entorno del Castillo y específicamente del núcleo histórico, y colaborar en la puesta en marcha de medidas adecuadas para ello… y esta fue su respuesta miope: ¡Que no existían valores culturales que justificasen tales medidas y que el ayuntamiento ya tenía competencias suficientes para resolverlo! Por eso sorprende que 20 años después la nueva respuesta sea excluir del entorno de protección del Castillo a sus flancos Sur y Este “…por tener un alto grado de transformación y degradación cultural y paisajística…” ¡Que se ha producido precisamente desde entonces! Como también debo recordaros los numerosos intentos municipales, a la par que infructuosos, por detener el avance de esta agresiva cantera de áridos, sin la menor solidaridad ni comprensión desde los municipios cercanos o desde las diferentes administraciones competentes.

Por eso debemos considerar que con la delimitación (parcial) del entorno de protección del Castillo de La Calahorra solo estamos de mediaenhorabuena… y que dentro de otros 20 años, o quizás mucho antes, lamentaremos nuestra miopía colectiva por haber actuado con más “pragmatismo” que “compromiso” en la protección del principal hito cultural de la provincia, después de La Alhambra, y sin duda uno de los más relevantes de toda Andalucía… Por eso confío firmemente en que la Junta de Andalucía aumentará el perímetro de protección del monumento incorporando estas dos zonas tan sensibles y al mismo tiempo imprescindibles para abordar con rigor y altura de miras este referente del patrimonio cultural granadino y andaluz.

Por Juan Carlos García de los Reyes. Pincha aquí para descargar el artículo publicado en IDEAL en el día de hoy