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Jueves, 20 Agosto 2009 10:53

Materiales y técnicas constructivas

La arquitectura de la Alpujarra-Sierra Nevada responde a una relación estrecha con el medio natural en el que se sitúa y en esto influye, decisivamente, la elección de los materiales obtenidos directamente del entorno más próximo.

La respuesta a las necesidades constructivas elementales en un medio ,económicamente pobre conlleva al uso de los materiales que se tenían al alcance de la mano, materiales abundantes y de fácil disponibilidad.

Los materiales constructivos fundamentales empleados son la piedra y la madera, mediante los cuales se consigue resolver todo el sistema constructivo tradicional. Estos materiales son utilizados para los tipos de construcciones que se realizan en la zona: casas, cortijos, eras, albercas, acequias, puentes, muros de contención en calles y aterrazamientos, apriscos, pavimentado, etc…

El sistema constructivo se basa en la agregación de los materiales, resolviéndose los encuentros sin encastres complejos. De esta manera, mediante la superposición de pequeños elementos, se consiguen construcciones de gran flexibilidad estructural, que se van “acomodando” en el terreno respondiendo eficazmente a los movimientos del mismo.

Los sistemas constructivos tradicionales son de fácil ejecución y suelen ponerse en práctica por personas no expertas, no siendo necesario el empleo de maquinaria especializada.

La naturaleza de los materiales empleados y el tipo de construcciones hace necesaria la realización de trabajos de mantenimiento esporádicos para posibilitar la correcta conservación de las casas. Esto hace que las construcciones abandonadas se degraden rápidamente.

El elemento más utilizado es la piedra que se encuentra en la superficie de la tierra. Se trata de esquistos de pizarra, que presentan una notable ventaja frente a otros materiales al dividirse fácilmente en piezas menores. Al ser un material exfoliable permite obtener también una variada gama de espesores lo que es fundamental para la organización de las fábricas y para la resolución de problemas delicados, como los aleros y remates de todo tipo.

En los muros, esta piedra se une con una argamasa muy pobre que consiste en arcilla y agua a la que se añade cal ocasionalmente. Los mampuestos de piedra se colocan en hiladas irregulares, echando a continuación la argamasa, que rellena los huecos y recibe la hilada siguiente, consiguiendo una estanqueidad mayor que en los muros de los bancales.

La cimentación se resuelve con escasas zanjas superficiales, con una base suficiente para hacer trabajar al terreno.

El muro tiene dos funciones elementales: la estructural y la de cerramiento. Su gran inercia térmica y las escasas dimensiones de los huecos hace que su comportamiento frente a los elementos climáticos sea bastante bueno. La ausencia de grandes huecos (incluso las puertas son de tamaño muy reducido) simplifica también la construcción al resolverse los mismos mediante adintelamientos muy sencillos.

Los aleros se resuelven mediante lajas de pizarra también. Una hilera de piedra en el borde, llamada castigadera comprime o sujeta una laja de mayor tamaño que es la que actúa como alero.

El otro material básico es la madera de castaño, abundante en la zona, cuyas propiedades la hacen especialmente útil para la construcción de vigas, forjados e incluso para la carpintería de exteriores. Se trata de una madera fácil de trabajar; dura, aunque menos que la de roble; estable si el proceso de curado ha sido lento; y de un envejecimiento lento aún en condiciones adversas.

La construcción del forjado es otro proceso de agregación. Los rollizos de castaño se apoyan simplemente en los muros y perpendicularmente a aquellos se colocan las alfanjías que son trozos irregulares de ramaje de castaño a modo de una red tupida sobre los rollizos. Sobre este entramado se disponen lajas de piedra que se ceban superficialmente con el malhecho, que no es sino barro apisonado.

Detalle de una casa alpujarreña./ Javier Callejas (Archivo GR)
Detalle de una casa alpujarreña./ Javier Callejas (Archivo GR)
Martes, 18 Agosto 2009 10:49

La casa alpujarreña

La casa alpujarreña se caracteriza por la superposición de formas cúbicas, con las cubiertas planas de launa, las chimeneas troncocónicas, los tinaos y la sobriedad en su decoración. El tipo más pequeño permite una habitabilidad mínima y una capacidad de almacenamiento de los útiles necesarios para el trabajo en los campos. En los tipos más grandes las fachadas se organizan según criterios arquitectónicos, utilizando la simetría o elementos como barandillas de balcones o rejas de protección de hierro forjado.

La planta es rectangular y sobre ella se eleva una estructura basada en muros de carga y forjados de rollizos de madera, lajas de piedra y launa. Las crujías se orientan por lo común según el eje sur-norte que permite un máximo aprovechamiento de las condiciones climáticas de la comarca.

Tradicionalmente, la planta baja se dedicaba a los animales y el piso a vivienda. Las únicas aberturas al exterior consistían en una puerta en la planta baja y una ventana en la alta, ambas practicadas normalmente en la fachada sur. Una escalera situada en el interior, junto a estos dos huecos, relacionaba ambas plantas. Desde la puerta de acceso se accedía al “portal ”, espacio que acogía la escalera, bajo la cual se situaba el gallinero.

La separación con la cuadra se realizaba mediante una barrera baja de madera o mediante un tabique de tierra.

En el piso principal se diferenciaba normalmente una gran habitación y los dormitorios. En la habitación es donde se desarrollaba la vida cotidiana, en ella desemboca la escalera, y está iluminada por la única ventana, situada en el centro de la fachada sur. Los tinaos que vuelan sobre la calle se convierten en una prolongación de la estancia principal al aire libre.

En el lado opuesto se encuentra la chimenea, autosustentada por su forma troncocónica, englobada por un tabique de tierra y madera que separa la parte diurna de la nocturna. Detrás del hogar, los dormitorios, con dimensiones que no exceden el ancho de la crujía y dos metros y medio en sentido longitudinal, se sucedían hilvanados por una serie de puertas no cerradas.

La actividad diurna se concentraba en la estancia o habitación, donde se encuentran la luz y el fuego, siendo el mobiliario muy sencillo. En invierno el fuego era encendido desde la mañana y mantenido durante todo el día, concentrándose la actividad cerca de la ventana. Cuando la luz declinaba la familia se trasladaba hacia el fuego. Los padres ocupaban, si la casa era suficientemente amplia, el primer dormitorio en cuya pared sobresale la parte trasera de la chimenea y los niños ocupaban el cuarto o cuartos del fondo. La planta baja se destinaba a los animales, a su alimento y a las reservas de leña y útiles agrícolas, además fue durante mucho tiempo el lugar donde hacer sus necesidades físicas y de aseo.

La organización de las crujías y la pendiente evitan por lo general que las habitaciones encaren unas a otras, ya que la fachada de la casa de la parte más alta de la calle domina la trasera, ciega, respecto a la de la parte baja, guardando la intimidad de la familia en un entorno de sociabilidad máxima con los vecinos.

La escalera es el elemento que interrelaciona dos plantas y que situaba, a principios de siglo, en el exterior ante la fachada sur. La entrada al establo se hacía al abrigo de la escalera y las dos plantas eran, probablemente independientes. Posteriormente se introduce dentro y evoluciona para dejar más espacio disponible ante la ventana, el lugar más apetecible y aprovechable de la casa.

Aperos de labranza en el interior de una casa alpujarreña./ Javi Callejas
Aperos de labranza en el interior de una casa alpujarreña./ Javi Callejas