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Historias de la España vacia (6): El caso de CASTRIL (Granada)

Las buenas gentes de Castril de la Peña (Provincia de Granada, Andalucía, España) son muy correosas y duras de pelar… ¡Vamos, que no se vienen abajo, así como así! Porque salvo que la vida y la naturaleza les regalaron un lugar maravilloso en el que vivir, respecto del resto… ¡Uf! El resto lo tienen muy trabajoso y dificil. Bueno, en realidad tanto como la mayor parte de los pueblos en los que se dan todas esos “defectos” incompatibles con lo que la sociedad actual malentiende como modernidad:
Eso de ser pueblos serranos de reducido tamaño; alejados de las grandes vías de comunicación y del mundanal ruido (esto es: de las grandes ciudades); y en los que el tiempo fluye lento como el agua del río en uno de sus recodos, el aire huele a pan recién horneado, a tomillo y a romero, en el cielo bailan con parsimonia sus otros habitantes leonados, y donde tus paisanos saben de ti y tú de ellos…
Pero dejando de lado las ironías, pues claro que los castrileños viven en primera persona el “síndrome de la España vaciada”, porque siendo un municipio pequeño (apenas 2500 habitantes) se las ven y se las desean para prestar unos servicios básicos de calidad, ya que Castril es también Fátima, Almontaras, Fuente Vera, Cebas, Isidoros, Cortijillos… y así hasta diez pequeños pueblos. Y porque es tanto lo bueno que atesoran (excepcional diría yo), que tienen que ser cuidadores de su exquisita naturaleza (Parque Natural de la sierra de Castril); veladores de las límpidas aguas de su río (ya que se las rifan los cultivos bajo plástico de otras provincias); y amantes de su bello patrimonio (porque Castril y sus ruedos están declarados B.I.C. Conjunto Histórico) …

Y entre medias de todo eso… hay que tirar para adelante: bastantes agricultores, muchos pastores, algún que otro apicultor, un puñado de funcionarios, guardas forestales, muchos jubilados y también temporeros, gentes de oficios diversos y, desde no hace tanto, también hosteleros… Aunque en realidad casi todos sus habitantes viven un poco de todas esas cosas. Porque la vida en los pueblos de la montaña suele ser la suma de muchas pequeñas cosas.
Ya visteis por tanto porqué os decía que los castrileños son correosos, ya que de ser de otra pasta se habrían abandonado, dejándose llevar por ese desarrollismo que banaliza a tantos otros pueblos. Ese que tira por la borda sus tradiciones, su cultura, su memoria colectiva, su autenticidad y la pureza de sus montañas y valles… Pero aquí no. ¡Que no, que no!. Y os lo cuento porque los conozco bien.
Mirad, hoy mismo he pasado varias horas con su alcalde Miguel, dos jóvenes concejalas (María e Irene) y dos de sus más cualificados funcionarios (Juan y Fernando), retomando los trabajos para culminar una valiente planificación de su territorio municipal que está basada, sin dobleces ni excusas, en mimar todos esos valores que atesoran, porque sin ellos ya no sabrían ser como son... Aunque también, por supuesto, como fuente de vida y de prosperidad.

Y para mí constituye algo muy valioso ese compromiso de todo un pueblo para salir adelante. No a toda costa sino mimando lo que les regalaron su naturaleza, su historia y sus tradiciones. Y por eso están empeñados en trazar un Plan de futuro que garantice que sus gentes puedan vivir con prosperidad, pero en armonía con la mejor salud de su Parque Natural y del rico legado del patrimonio cultural y paisajístico de su Conjunto Histórico.
Y saben que más pronto que tarde llegarán los reconocimientos de las asociaciones e instituciones más exigentes como reserva Starlight, calificación como Cities Slow o su inclusión en el selecto club de los Pueblos más Bonitos de España.
Pero entre tanto, la vida sigue y Miguel, su alcalde, se multiplica ideando cosas. Una de ellas es organizar un Trail que una el pueblo con Cazorla, siguiendo la ruta que recorrieron los Reyes Católicos en 1489 en su camino hacia la conquista de Baza. Y también me habló con gran preocupación por la posible implantación de macrogranjas de cerdos en los municipios colindantes, una seria amenaza que podría alterar irreversiblemente la ecología de la comarca… En fin, que ¡Por si éramos pocos… parió la abuela!
Pero no olvidéis lo más importante: que os recomiendo que visitéis pronto este bello lugar…
LAGO TITICACA: UN LUGAR MÁGICO (y II)
Por Miguel Ángel Sánchez del Árbol. Geógrafo y Urbanista. Colaborador de GRarquitectos
En el contexto geográfico, histórico y etnográfico-cultural glosado en la parte I de esta aproximación a la compleja realidad del lago Titicaca y su entorno, se asiste desde hace pocos años a una nueva situación, a nuevas oportunidades pero también amenazas, a partir del desarrollo turístico, hasta ahora incipiente (en términos relativos) pero en progresivo crecimiento, a lo que se añade la existencia de diversos proyectos de importancia que pretenden potenciar aún más esta actividad socio-económica. Unos proyectos que tienen su radio de acción tanto en el sector peruano del Lago como en el boliviano. No obstante, son asimismo relevantes las rémoras o limitaciones para la expansión de la actividad, como las relacionadas con las comunicaciones. De hecho, en Bolivia son evidentes estas dificultades entre las diferentes partes del país por su extrema topografía y el vacío poblacional de vastas extensiones. Por otro lado, la reducida presión atmosférica, el enrarecimiento del aire y el clima extremo del Altiplano redundan en inconvenientes añadidos, en este caso relacionados con el bienestar fisiológico de la mayoría de la población no habituada a estas condiciones ambientales, lo que también contribuye a ser un destino turístico bastante selectivo (en 2008 se estimó una afluencia próxima a los 200.000 visitantes extranjeros). También son importantes los conflictos latentes entre una población local mayoritariamente dedicada a las actividades primarias que no siempre ve como ventajosa la afluencia de visitantes o, incluso, que en alguna de sus decisiones puede poner en riesgo algunos de los atractivos del lugar, como es el caso de su patrimonio arqueológico (por ejemplo, el conflicto de Cundisa, un cementerio prehispánico ubicado en Copacabana, considerado como uno de los más importantes yacimientos arqueológicos descubiertos recientemente en Bolivia y que las comunidades de Manco Kápac exigen que se construya un mercado sobre él). Problema de distinto digno es el derivado de la contaminación hídrica por residuos urbanos, industriales y sobre todo mineros, que si bien en su mayor parte tienen origen en la zona peruana (especialmente en el río Ramis), sus efectos son o pueden ser potencialmente comunes para el conjunto de la masa acuática. De hecho, también los residuos orgánicos vertidos desde las poblaciones ribereñas de ambos países están causando diversos perjuicios a la flora y fauna naturales del Titicaca debido, entre otros procesos, a la expansión masiva de la lenteja verde (Lemma gibba).
Ahora bien, las ventajas comparativas de este destino y sus oportunidades también son destacables. De un lado, se trata del lago navegable más alto del mundo. De otro lado, debido a la pureza del aire, el agua es particularmente transparente (de 15 a 65 metros de profundidad según zonas) y la calidad de la luz es excepcional; de hecho, aún estando a más de 20 kilómetros de distancia, las montañas, reflejadas en la superficie acuática, parecen cercanas. Así mismo, entre septiembre y enero los días son mayoritariamente soleados, de lluvias escasas y temperaturas diurnas en torno a los 25ºC, por tanto agradables. Tampoco son desdeñables los endemismos florísticos (plantas acuáticas como la totora o Scirpus californicus, la yana llacho o Elodea potamogeton y la purima o Chara sp., así como una flora terrestre ribereña con más de 64 géneros) y faunísticos (por ejemplo, la rana gigante o Telmatobius celeus), como elementos que, además de su valor ecológico como hecho prioritario, también pueden ser, en algunos casos, atractivos añadidos para la curiosidad del visitante, sobre todo en un contexto de turismo de naturaleza. En otro orden de cosas, las reminiscencias incaicas, la cultura y folklore de los habitantes de las orillas, el misticismo representado en la Isla del Sol, Copacabana y otros lugares, la gastronomía, las tradicionales “balsas de totora” (de origen preincaico), entre otros valores etnológicos y culturales, constituyen, junto con los hechos naturales mencionados y su singular paisaje, bases indiscutibles para la consolidación de un turismo tanto cultural como de naturaleza y aventura, que no sólo ha de centrarse en el Titicaca, sus orillas y sus islas, sino también en otros lugares de la grandiosa cuenca endorreica, incluidos precisamente el lago Poopó y los inmensos salares.
Sobre estas condiciones reseñadas, Bolivia ha planteado recientemente una serie de proyectos turísticos de fuerte calado –aunque en menor medida que Perú– y que, como en la mayoría de los casos donde se realizan actuaciones de esta índole, conllevará ventajas e inconvenientes socioeconómicos y ambientales, siendo muy recomendable actuar con las suficientes cautelas, y bajo el prisma del “turismo sostenible”, como para que las ventajas finales sea muy superiores a los inconvenientes. A este respecto, y con la experiencia acumulada de otras regiones y localidades convertidas en destinos turísticos, resulta más que pertinente plantear el desarrollo de esta actividad en un contexto planificador de amplio espectro territorial, donde los estudios y las propuestas abarquen desde las consideraciones medioambientales y paisajísticas, hasta socioeconómicas (incluidas las economías de escala), urbanísticas, de infraestructuras generales, etc., en definitiva, el entronque territorial de los proyectos turísticos. Y todo ello teniendo en cuenta que en el lago Titicaca, como en otras muchas regiones del Mundo, las poblaciones locales tienen el legítimo derecho de participar en las decisiones que incumben a su vida presente y a las perspectivas de futuro.
LAGO TITICACA: UN LUGAR MÁGICO (I)
Por Miguel Ángel Sánchez del Árbol. Geógrafo y Urbanista. Colaborador de GRarquitectos
Situado entre los Andes y la cuenca del río Amazonas, Bolivia es un país de altas montañas, frías altiplanicies y tierras bajas subtropicales en una superficie que supera el millón de kilómetros cuadrados. En su extremo centro-occidental se localiza un extenso y fantástico lago compartido con Perú: el lago Titicaca, que con 8.500 kilómetros cuadrados de extensión y situado a más de 3.800 metros sobre el nivel del mar representa la mayor lámina de agua plenamente continental de América del Sur y una de las más elevadas del planeta, concretamente el Altiplano andino.
En efecto, esta región, que se extiende en Bolivia por más de 100.000 kilómetros cuadrados, alcanza una de las altitudes medias mayores del mundo (unos 4.000 metros sobre el nivel del mar), tiene un rico subsuelo en vetas minerales, aunque un suelo pobre que soporta una escasa vegetación, donde están ausentes los árboles, siendo además frecuente el azote del viento. Sin embargo, a pesar de la gran altitud y otros aspectos que pueden ser considerados en general hostiles para la vida humana, algo más de dos terceras partes de la población boliviana habita en el Altiplano (aquí se localiza precisamente La Paz), en parte debido a su pasado y presente mineros (explotación de oro, plata, estaño y otros metales, también de sal, etc.).
La superficie del Altiplano no es uniforme, pues la cordillera andina adyacente presenta ramificaciones que lo dividen en diversas cuencas, todas ellas de carácter endorreico, que han originado lagos (Titicaca, Poopó) y áreas pantanosas salobres (los salares de Coipasa y Uyuni). El conjunto endorreico que interconecta los lagos Titicaca, Poopó y Coipasa a través del río Desaguadero, entre los dos primeros, y el río Laca Jahuira entre el segundo y el tercero, abarca una superficie superior a los 140.000 kilómetros cuadrados repartidos entre Bolivia (más de la mitad), Perú y Chile. A su vez, los ríos de importancia que aportan agua al sistema lacustre son cinco, si bien sólo uno de ellos, el río Suchez, discurre por tierras bolivianas.
En el sector septentrional del Altiplano se localiza el lago Titicaca, cuya longitud máxima es de 180 kilómetros y hasta 70 alcanza de anchura. Numerosas islas salpican la superficie acuática, entre ellas las míticas del Sol (donde, según la leyenda, nació hace mil años el primer inca, Manco Cápac) y de la Luna. Por otro lado, el lago experimenta amplias variaciones anuales en los niveles de agua y, dado que apenas 35 metros cúbicos por segundo desagua a través del emisario (río Desaguadero), de los 453 que recibe a través de los ríos alimentadores (201) y de la lluvia que precipita sobre la propia superficie lacustre (252), resulta evidente que, salvo pérdidas subterráneas no comprobadas, en torno al 90% del agua que recibe el lago se evapora (unos 418 m3/s), lo que conlleva un nivel medio de salinidad superior al de los restantes lagos mundiales de altura, aunque muy inferior al de la mayoría de los lagos endorreicos, incluidos el vecino Poopó y, por supuesto, los salares de Coipasa y Uyuni. Por otro lado, la gran profundidad del agua del Titicaca (unos 284 metros en su punto máximo conocido) mantiene la temperatura alrededor de los 10ºC durante todo el año e incide en el clima ribereño, suavizándolo en el duro invierno y refrescándolo en los días más tórridos del verano. De hecho, en el invierno las temperaturas caen por debajo de los 0ªC e hiela durante todas las noches de julio y agosto (pleno invierno del hemisferio Sur), si bien durante el día el sol tropical hace que las temperaturas superen lo 20ºC. La escasez de precipitaciones (entre 500 litros por metro cuadrado en el norte del Altiplano y apenas 125 en el sur) origina desde ecosistemas esteparios hasta desérticos, estando dominados por una vegetación xerófita de poca altura representada por cactáceas, tola, gramíneas silvestres… Un viento frío que frecuenta las tardes del altiplano causa tormentas de polvo.
Alrededor del lago se sitúan numerosos núcleos de población (del lado boliviano destacan Puerto Acosta, Ancoraimes, Copacabana y Guaqui), donde la mayoría de sus habitantes siguen cuidando rebaños de ovejas, cabras, llamas y alpacas, en régimen de transhumancia, así como cultivando, en campos y en terrazas irrigadas (“takanas”, de origen prehispánico) construidas sobre pendientes acusadas, tubérculos como la patata (innumerables variedades), la oca y el isaño, cereales como la cebada, el maíz, la quinua y la cañava, plantas para uso industrial como el algodón, la remolacha azucarera y la soja, así como algunas hortalizas además de cultivos ancestrales de las etnias aymará y quechua, como la coca, incorporada a los hábitos culturales. A su vez, la pesca en el lago incluye bogas, pejerrey, suches, carachis y otras especies. Buena parte de la producción agrícola, ganadera y pesquera es para autoconsumo, pero también ha tenido y tiene una componente comercial (incluso sólo en su forma de trueque) entre pueblos del Altiplano y, en algunos casos, hacia ciudades más alejadas, incluida la capital boliviana.
La “Pachamama” o Madre Tierra es un valor de gran importancia en las comunidades andinas, siendo preciso poseer al menos una parcela para ser miembro pleno de la comunidad. La unidad doméstica maneja la tierra, produciendo y compartiendo el consumo. Otro hecho cultural y etnográfico importante, sobre todo del pueblo aymará, es la abundancia de tradiciones, fiestas, creencias y costumbres (fin de la siembra de la papa, día de todos los Santos, carnaval, día de la cosecha, día de bodas, fiestas de Challapampa, etc.), siendo frecuentes las manifestaciones sincréticas entre cristianas y paganas, como el bautismo, la boda eclesiástica o la veneración de Nuestra Señora de Copacabana (importante centro de peregrinación andino), junto a ceremonias rituales (por ejemplo, la del sacrificio de una llama) para invocar favores, beneficios, buenas cosechas, etc., a las deidades que moran en los cerros sagrados de la cordillera, en el lago, en los ríos, en la tierra, en las plantas o en los animales, o bien para conjurar las fuerzas maléficas del mundo subterráneo.
En este territorio donde la cruda realidad de un medio físico generalmente hostil y de unas duras condiciones de vida se confunde o mezcla con la espiritualidad en estado casi puro, resulta verosímil la vigencia de la mitología andina que, entre otras manifestaciones, refiere que las aguas del lago Titicaca son las lágrimas del dios Sol que derramaría por la muerte de sus hijos bajo las fauces de unos pumas que cumplían órdenes de las divinidades de las cumbres orográficas. Los incas idolatraron posteriormente el lago como cuna de la divinidad solar de la que descendía su propia dinastía y establecieron en la isla del Sol uno de los principales santuarios y centros de peregrinación del Imperio Inca. Es por ello que la cultura ancestral mantenida en mayor o menor grado alcanza una de sus mejores expresiones en la anteriormente mencionada isla del Sol, desde la que se divisan las cimas nevadas del Illampu y del Ancohuma, y cuyos habitantes ven despuntar el alba por detrás de las cimas sagradas, a más de 6.500 metros de altitud, de la Cordillera Real, donde los crepúsculos, que tiñen las cumbres nevadas de intensos tonos rosados y violáceos, son de extraordinaria belleza. Entre unos y otros aspectos, no resulta, por tanto, muy exagerado definir el lago Titicaca como un “lugar mágico” que, sin embargo, todavía no ha sido declarado Patrimonio de la Humanidad (está inscrito en la lista de candidatos), aunque hechos naturales y culturales no le faltan para acreditar su pertenencia.


