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Lacras urbanas
Entre los arquitectos es habitual hablar de piel para aludir a la capa superficial y envolvente de los edificios, pues la función reguladora y protectora de este elemento constructivo es similar a la del epitelio biológico. Esa manifestación externa de la arquitectura define su carácter visual y contribuye -como pieza de la entidad superior que es la ciudad- a crear un paisaje urbano con cualidades positivas o negativas.
Aparatos de aire acondicionado colgados sin ningún orden en la fachada./ V. P.
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Decalogo para la proteccion y promocion de la arquitectura y el paisaje
La visión conjunta de las texturas
Por Armando P. Martínez Alfaro. Arquitecto
La visión conjunta de distintas texturas resulta crucial para el dialogo entre el observador y lo observado. Por ejemplo la textura de la launa o de una piedra pizarra, puede convertirse en punto focal de un paisaje. En el caso de las construcciones, las texturas de paredes y cubiertas resultan fundamentales en la percepción visual de la escena. La diversidad de materiales de construcción existentes en el mercado constituye una ayuda importante para la elección del recubrimiento adecuado del edificio y sobre todo la disminución del impacto ambiental.
La textura se puede definir de tres maneras diferentes, según el criterio que se emplee:
a) Como atributo a un objeto: es la disposición que poseen los elementos microscópicos constitutivos de un cuerpo o tejido. Es una definición genérica que afecta más al aspecto material que al visual.
b) Como propiedad óptica: es la manifestación visual que da la relación de entre luz y sombra motivada por las variaciones existentes en la superficie de un objeto. La formación de la textura resultará por la manera de reflejar la luz (difusa o especular): texturas mates y brillantes.
c) Como atributo de una escena: es la agregación de pequeñas formas o mezclas de color que constituyen un modelo continúo de superficie. Se manifiesta no solo sobre los objetos individualizados sino también sobre las superficies compuestas.
La textura dependerá de la distancia. Así podremos distinguir entre infratextura (ej.. rugosidad de la piedra), textura (la disposición de las piedras en una fachada) y supratextura (el conjunto de fachadas de un pueblo).
Por lo tanto, los arquitectos tenemos la obligación de estar comprometidos espacialmente con estos tres “tipos” de texturas. Como ejemplo podría mencionar un pueblo “X” a cierta distancia no será posible distinguir cada una de las piedras como objetos individualizados, sino que la masa se percibirá como una superficie compuesta por las fachadas de los diferentes edificios.
A continuación se puede observar algunos tipos de texturas y su apreciación de diferentes puntos de de vista.
¿Ruptura o integración?
A propósito de las reflexiones en el post de ayer sobre Ferreira en particular y del Marquesado del Zenete en general quería comentar algo…
Estamos asistiendo al progresivo deterioro de la imagen de nuestros núcleos urbanos como consecuencia de la introducción de tipologías impropias; la edificación de volúmenes inadaptados; la ruptura de la escala en las promociones; la repetición de soluciones estereotipadas; los nuevos materiales que cambian la textura y el color; los acabados ajenos a la tradición: la progresiva densificación de nuestros pueblos y la paralela desaparición de los huertos, del arbolado, de la presencia del agua: el ocultamiento creciente del paisaje desde las calles y desde las viviendas… Estamos asistiendo, en definitiva, a una pérdida inútil de nuestro patrimonio cultural al tiempo que nuestras casas, nuestros pueblos y nuestro paisaje se van volviendo vanos y van perdiendo poco a poco su excepcionalidad y su singularidad.
En este contexto, parece urgente la necesidad de sensibilizar a los ayuntamientos sobre la importancia de dotarse de planes urbanísticos municipales que den respuesta pormenorizada a las necesidades de protección y puesta en valor de la arquitectura, del urbanismo tradicional y del paisaje de sus respectivos municipios, posicionándose claramente a favor de acciones encaminadas hacia la conservación y la integración, frente a sus alternativas de abandono y ruptura.
Ambiente urbano
Además de la arquitectura tradicional, contribuyen a la creación del especial ambiente urbano de los pueblos de la Alpujarra-Sierra Nevada otros elementos: la textura del suelo resuelta con escalonado, con contrahuella encalada y atarjea central, la resolución de rampas con lajas de pizarra colocadas de canto para aumentar el rozamiento ante las fuertes pendientes, los juegos con la rasante de la calle estableciendo escalones de acceso a vivienda, o rampas según sea aquella alta o baja; bancos, farolas, barandas, la abundante vegetación en las fachadas y balcones, en incluso el sonido del agua que discurre por las acequias que atraviesan los pueblos, todos ellos generan una gramática que produce un resultado de verdadera arquitectura vernácula.
Estos elementos se enriquecen además con la presencia constante del paisaje en la escena urbana.
Los pueblos tradicionales de La Alpujarra y su personalidad
Por Lucía Valero Martín. Arquitecta
Basta con que nos paremos a observar una imagen de estos pueblos desde la distancia para darnos cuenta de la delicadeza con la que se implantan en el territorio, definiendo y dando personalidad al paisaje natural que los rodea.
Su arquitectura tradicional ha utilizado los materiales del entorno con que podía contar y energías renovables, las únicas inagotables y que no producen residuos. El diseño de las edificaciones se ha desarrollado en función de su máximo aprovechamiento, de las características físicas de su emplazamiento, del tipo de paisaje y por supuesto, del clima, tan determinante en la vida y costumbres de la zona. La suma de todos estos aspectos determina la calidad de vida de los que los habitan al definir el soporte físico de la mayor parte de las actividades.
El diseño de estos pueblos escalonados es, por tanto, el resultado de la agregación de edificaciones que se adaptan a la topografía y a su entorno natural. Al contrario, si dirigimos la mirada hacia algunas zonas de nuestro litoral, donde la geografía ha sido manipulada, en el sentido más peyorativo del término, podemos observar la explotación sin contemplaciones de los recursos turísticos que ha tenido lugar. En estos casos se ha priorizando un crecimiento desmesurado, que da como resultado “parques temáticos”, carentes de significado, cuyo fin es saciar las expectativas de los visitantes y sin ánimo alguno de conservar los elementos de interés que son legado de nuestros antepasados, dando la espalda de manera rotunda a su propia identidad, y generando de esta forma una bonanza económica artificial, no sostenible en el tiempo ni en el espacio, y con fecha de caducidad.
En contraposición a actuaciones de este tipo, no me cabe más que felicitar a nuestros pueblos de la alpujarra por la sensibilidad que demuestran, sobretodo en los últimos años, y animarles en la labor que han emprendido para la salvaguarda de su propia identidad con actuaciones encaminadas a la promoción de propuestas y directrices para la rehabilitación y la conservación de su patrimonio tangible e intangible y la reactivación funcional de los núcleos de población sin renunciar, en ningún caso, a un desarrollo equilibrado y sostenible.
Todos coincidimos en que las buenas prácticas en la Alpujarra, dan como resultado pueblos apetecibles, con un trazado humano y numerosos espacios de relación de escala controlada que hacen sentirse cómodo tanto al visitante como al autóctono.
El paisaje de Órgiva
Por María Aragón. Ex-presidenta de Abuxarra
No se concibe la ordenación de un territorio separando el casco urbano del entorno natural, pero la simbiosis necesita la diferenciación de ambos. La separación, curiosamente se produce, cuando el primero engulle al segundo. Gran parte del entorno que rodea a los pueblos y ciudades son vegas, que tienen un doble valor. Por una parte el paisaje agrario y por otro el aprovechamiento económico que hace a la población más estable.
Órgiva tiene una vega magnífica. Como paisaje es muy singular por la densidad de su olivar, que le confiere una personalidad extraordinaria. Los que hemos crecido con esa imagen, la hemos interiorizado tanto, que forma parte de nuestra vida. Siempre he estado convencida, que para vivir es necesario ver el entorno como algo propio, vivirlo y sentirlo.
Económicamente, la vega de Órgiva, es un gran potencial. En estos momentos se está intentando revalorizar el olivar con la creación de una almazara, organizada como cooperativa de aceite ecológico. Son las hortalizas, en algunas zonas de la vega tempranas, para venta ó autoconsumo, aspecto este último nada despreciable, pues significa un buen ahorro para aquellas familias que tienen alguna parcela. En los últimos años este valor se ha incrementado con el turismo rural, cuyo reclamo es el paisaje de olivos centenarios.
No todo el mundo ve claro, que la vida de un municipio es su riqueza endógena. Consecuencia de ello son las barbaridades que se han producido: El arranque de olivos centenarios para venderlos a especuladores para viviendas de lujo, se ha permitido la construcción de invernaderos, pocos pero muy visibles, ya que la vega es pequeña y abierta y permite una visión fácil de todo lo que ella se ubica. Pero la guinda que puede estropear una gran parte de ella es la construcción de la variante nº 5. Desde el punto de vista paisajístico, ecológico y económico. Caerían un gran número de olivos centenarios, arruinaría la economía de muchas familias, las directamente afectadas que perderían sus minifundios, que es el tipo de propiedad que existe, pero el turismo rural en esa zona se lo puede cargar perfectamente. Si la vega se mantiene con estas riquezas la población se fija en el territorio y se consolidarán los servicios y el comercio, es todo un engranaje que para que funcione bien solo es necesario mantener nuestro entorno natural. Si por el contrario, lo vamos llenando de elementos disonantes su función será cada vez exigua, no cumplirá con su papel que es fundamental, especialmente en la zonas rurales.
El paisaje de referencia como modelo de desarrollo
Por Mathieu Lèbre. Arquitecto paisajista
Hoy en día no hay duda de que Las Alpujarras son un ejemplo e incluso un manifiesto de la justa integración del hombre en el territorio, con respeto y humildad. La búsqueda de las soluciones más sencillas, adaptándose al medio y sacando provecho de los hechos naturales, ha conferido a este paisaje una singular belleza reconocida por diferentes figuras de protección tanto a nivel ambiental como cultural.
Pero lo más interesante del paisaje de Las Alpujarras es que nos abre los ojos sobre otras maneras de interactuar con el territorio de forma general. Las ciudades actuales han olvidado la importancia de tomar en cuenta los valores de lo “existente” a la hora de crecer, de evolucionar o de remodelarse. En estos últimos años se ha apostado por modelos de ciudades donde lo más importante eran preocupaciones a corto plazo: rendimiento económico, especulación inmobiliaria… La llegada de la crisis actual en gran parte debida a la burbuja inmobiliaria pone en duda todo el modelo de desarrollo, ya que desvela la insostenibilidad de este sistema tanto a nivel económico, como ambiental y social.
Cada vez se valorizan más los elementos patrimoniales de nuestro entorno, y de hecho, el paisaje se ha empezado a considerar también desde el punto de vista de su conservación como elemento patrimonial. Rompiendo con esta percepción, el Convenio Europeo del Paisaje (Florencia 2000) define el paisaje como “cualquier parte del territorio tal como la percibe la población, cuyo carácter sea el resultado de la acción y la interacción de factores naturales y/o humanos”. Por lo tanto, el paisaje ya no es solo un elemento patrimonial a preservar, sino también un reflejo de las relaciones del ser humano con el territorio. Esto implica que cualquier lugar es un paisaje, y entonces cualquier lugar tiene un carácter propio, así como valores y conflictos de orden paisajísticos que hay que tomar en cuenta en cualquier acción humana emprendida sobre ello.
Un lugar tan emblemático como Las Alpujarras pone en evidencia la importancia de la consideración del paisaje en el desarrollo y la ocupación del suelo por los seres humanos. Precisamente los lugares donde el paisaje se valora por su interés patrimonial son los que deben servir de modelo. Es fundamental sacar, de las lecciones que nos dan estos lugares, las herramientas para extrapolar este modelo de desarrollo a cualquier otro lugar del mundo:
– Donde siempre hay sentimientos, sensaciones, y aspiraciones… elementos de la dimensión social del paisaje.
– Donde siempre hay un suelo con sus condiciones particulares, unas pendientes por las que corre el agua…elementos de la dimensión territorial y ambiental del paisaje.
– Donde siempre hay huellas, restos de la actividad humana pasada… elementos de la dimensión cultural del paisaje.
– Donde siempre hay orientaciones, espacios interrelacionados y conexiones… elementos de la dimensión perceptiva del paisaje.
– Donde siempre hay un proyectista, y personas queriendo mejorar o modificar el lugar… elementos de la dimensión proyectual y urbanística del paisaje.
El paisaje esta en continuo movimiento, en continua evolución… se trata de un proceso en el que el hombre es solo uno de los actores. Por eso todo lo que proyectamos sobre el territorio para acomodarlo a nuestras necesidades debe tomar en cuenta todas esas dimensiones del paisaje. No solamente porque haya que preservar o proteger algunos lugares excepcionales como Las Alpujarras, pero sencillamente porque estamos aquí de paso y que cualquiera de nuestros actos puede tener una repercusión durante años sobre nuestro entorno. Habrá que seguir mirando y leyendo el paisaje para entender como algunas veces se ha conseguido una cierta armonía, y aprender de estas experiencias para mejorar nuestro futuro…
La aglomeración metropolitana de Granada y el espacio de la Vega: dos realidades territoriales obligadas a coexistir (I)
Por Miguel Ángel Sánchez del Árbol. Geógrafo
En el espacio de la Vega de Granada –que no es, o no debe ser, un mero espacio físico– el volumen poblacional alcanzado por su sistema de asentamientos y los nuevos modelos de vida no son las únicas variables determinantes de los recientes problemas de configuración, funcionalidad, productividad, sostenibilidad ambiental, imagen paisajística y otros aspectos sensibles del territorio, sino sobre todo el hecho de superponerse, coexistiendo con desiguales oportunidades de implantación y expansión, diversos sistemas de ocupación con sus respectivas necesidades de espacio físico, sus divergentes requerimientos en recursos humanos y naturales, sus distintos mecanismos de funcionamiento y unos procesos productivos que llegan a ser, en casos, incluso antagónicos. El más dinámico de tales sistemas es, sin duda, el urbano-industrial, que ha adquirido carácter metropolitano y que se expande en gran parte por la Vega; de ahí la obligada coexistencia, en el mejor de los casos, puesto que hasta ahora todos los síntomas son los de un espacio agrario notablemente sometido a las necesidades del espacio urbano.
Podría argumentarse que la expansión urbana y uno de sus corolarios importantes, el despoblamiento rural, es un proceso mundializado (al menos del mundo industrializado) y de carácter progresivo; pero, a su vez, también cabe argumentar que sobre todo en los países desarrollados socio–culturalmente esos procesos territoriales se organizan de forma armónica, que redunda en un sistema urbano equilibrado y funcional y en unos entornos donde se diluye progresiva y suavemente aquel en beneficio del espacio rural y del equilibrio interterritorial –objetivo éste fundamental en una verdadera ordenación del territorio–. En cambio, en los ámbitos geográficos caracterizados por fuertes relaciones de dependencia cultural y económica de las periferias respecto a los centros de decisión, o donde no ha habido tiempo material para asumir controladamente los cambios introducidos por la revolución post–industrial, o donde determinados grupos de poder fáctico han ejercido una influencia determinante e incontrarrestada por los poderes públicos en los procesos territoriales acaecidos, entre otros mecanismos causales, suelen producirse efectos igualmente sintomáticos, como economías duales, tensiones entre lo urbano y lo rural, procesos de acrecencia urbana espasmódicos y desvertebrados, deficiencias de infraestructuras y equipamientos, generación de vastos espacios marginales, bolsas de pobreza y un sinnúmero de problemas sociales, de organización, de movilidad cotidiana, de abastecimiento energético, de eliminación de desechos, de deterioros paisajísticos y medioambientales, etc., que ponen en serias dificultades la habitabilidad e, incluso, la propia viabilidad del sistema a mayor o menor plazo.
Bancales y Huertas. El origen de una controversia económico-paisajista
Por Emma Luengo López. Arquitecto
El sistema agrícola para cultivar las pendientes es universal estando presente en casi todas las culturas, desde las mediterráneas a las americanas, pasando por las asiáticas. Es decir, desde los griegos, romanos y árabes en el mediterráneo hasta los incas de Perú, sin olvidar a los vietnamitas, laosianos y nepalíes con sus conocidas terrazas arroceras.
Por otro lado, otro tipo de explotación agrícola, también universal, es la pequeña parcelación de la tierra trabajada directamente. Sobretodo en valles y vegas de cualquier región, aprovechando la abundancia de agua y la calidad óptima de los terrenos lo que permite el cultivo de todo tipo de legumbres y frutales.
Estos dos tipos de explotaciones son características de las tierras de Granada, los bancales de la Alpujarra y la Vega metropolitana, y al igual que en el resto del mundo, son actividades agrícolas que se han quedado obsoletas en el actual modelo económico de globalización. La necesidad de monocultivos en grandes explotaciones, que han sido determinados por el estado del mercado en cada momento (no sólo determinando su producción, sino también controlando el momento específico de su maduración), y la utilización de semillas tratadas genéticamente para que produzcan frutos que sólo pueden germinar una vez, es incompatible con un método de agricultura basado en la explotación directa, debido a que por su tamaño y situación son inviables los grandes medios mecánicos de producción. Todo esto da lugar a una producción temporera y pequeña que además debe de estar cerca de los mercados de consumo. Y a su vez, ofreciendo la ventaja de proporcionar productos frescos y sin intermediarios.
La imagen paisajística de los núcleos urbanos de la Alpujarra sería impensable sin el escalonamiento de los bancales; de igual forma los pueblos de la Vega no serían reconocibles sin los huertos que los circundan. La pérdida de estas estructuras está transformando la imagen de los centros urbanos, al mismo tiempo que afecta al valor cultural que emana de ellas a través de sus usos, labores tradicionales, edificios de almacenamiento, infraestructuras de riego y acceso, etc.
¿Qué solución habría que buscar para que la pérdida de estas estructuras agrarias no afecte al paisaje? ¿Podría la controvertida idea de los huertos urbanos ser una solución? ¿Esta relación entre paisaje y centro urbano habría que mantenerla a toda costa, aunque fuera de manera artificial, suponiendo esto un gran coste para los ciudadanos? ¿O habría que asumir duramente que el cambio de esta relación paisaje-centro urbano forma parte de una evolución natural de la sociedad actual?









